EN LAS escaleras del Monte Áureo pernoctaba hace unos meses un mendigo. Yo lo veía siempre al pasar y saludaba. Era octubre y luego fue diciembre y llovía un día sí y otro no. Pero a él nunca parecía importarle el tiempo lo más mínimo. Liaba su cigarro y se arropaba con cartones. Respiraba. La verdad es que desde su recodo de hojas muertas se veía el Tiber. Y es que, como dice Andreiev, «Los seres humanos están locos, se empeñan en vivir en casas, cuando todo el mundo sabe que las casas son ataúdes y que vivir bajo techo es enterrarse en vida». Ahora el mendigo de mis escaleras ya no está. Quizás haya muerto de pulmonía, como los estorninos. O de un pisotón, como las lombrices que viven en las cuestas. No sé qué pasa pero hay algo como un regusto de cenizas apagadas en este invierno que termina. Quizás sea que, como dijo Longfellow, «ya no quedan pájaros en el nido del año pasado», es decir, que hay cosas que se tambalean y otras que asoman las hojas y deciden si se llamarán mochuelo o lechuga o libro nuevo o simplemente mes de marzo. ¿Qué les parece? ¿Sabían que en marzo las liebres enloquecen? ¿Sabían que el compañero conejo de Alice Liddle era en realidad una liebre en marzo? También los sombrereros son considerados tradicionalmente locos y los coruñeses paseantes. Paseantes. Por ejemplo, el señor Sömmer (De Süskind) que tenía la locura maravillosa y poética de caminar kilómetros y kilómetros hasta caer dormido, derrumbado como el bueno de Cioran que recorrió en bicicleta toda Francia para curar su insomnio. Yo tampoco quiero volver a casa, bajo tierra. Quiero un mes de marzo ventoso y paseador. Y respirar.