Es una especie de síndrome que brota cada 48 meses. Semana arriba, semana abajo. Aunque ataca sólo a una pequeña parte de la población, puede llegar a asustar por su espectacular virulencia. La mayoría de los afectados sufren un cambio temporal de personalidad, aunque no suelen reconocerlo y se escudan de forma sistemática en la negación. Por mucho que se les apriete, difícilmente admitirán sus agudas alteraciones de comportamiento. La sintomatología del fenómeno es típica y similar en la mayoría de los casos detectados: inclinación a la promesa grandilocuente y exagerada; ataques intermitentes de ira verbal con insultos y descalificaciones; complejo de genio de la lámpara (falsa capacidad de cumplir los deseos de todo el mundo); tendencia compulsiva a hablar en condicional («si ganamos»; «si llegamos al poder...»); gesticulación guiñolesca y repetitiva en foros públicos... Es el cuadro habitual de la denominada ansiedad preelectoral. La sufren, fundamentalmente, personas expuestas a escaños y a altos cargos públicos. Pero, aunque pueda antojarse grave, no es para tanto. Abunda la literatura sobre el asunto y, al parecer, existe una receta casi infalible. Sólo hay que dejar pasar un período prudencial de tiempo llamado campaña. Posteriormente, se debe aplicar un breve tratamiento de choque en forma de recuento de votos. Y listo. Luego, con mucho reposo, eso sí, todo vuelve a la normalidad. Lo dicho, nada peligroso. Tampoco deja secuelas. Si acaso, una ligera tendencia al olvido, capítulos esporádicos de prepotencia y algún arrebato de demagogia barata. Poco más.