Por fin, Roma

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

DESPUÉS de haberme pasado cuatro meses en la inopia, llega la primavera romana y me desarma. Ocurre que las ciudades nunca están donde uno las busca sino que se ocultan en los huecos de las cerraduras, en los remolinos de polvo sin barrer¿ ¡Qué difícil es viajar con los ojos cerrados! Es verdad que, a veces, veía algo: remolinos de luces en lo oscuro, el perfil de Belli o de Trilussa (dos poetas trastreverinos que hablaban de gatos y de noantri) y la Madonna del Divino Amore por las calles. Nada más. Juro que perseguí a Roma como el poeta persiguió al alba de estío. Pero claro, yo fui desabrida. Grité, hice ruido. Tuve la impresión de estrellarme de cabeza contra un muro. Y es que cuesta trabajo ser amable con quien se emboza. El resto se lo imaginan: era invierno y la busqué por todas las iglesias, por todos los descampados, en todos los fondos de botella pero («Viajero que buscas a Roma en Roma y no la encuentras») Roma estaba ausente y me ignoraba. Y de pronto fue así. Abrí la ventana y el desordenado jardín de la Academia se me antojó perecedero y frágil, como un pompa de jabón. Y de pronto fui feliz y supe que los estorninos cantaban la misma canción de hace ya años. Como si todo se repitiese, como si hubiésemos estado aquí desde siempre, atados a un libro, a un rayo de sol, a dos palabras, como si la primavera no se hubiese ido nunca y siguiésemos siendo adolescentes. Roma, tiempo remansado y los ojos vacuos de los mendigos en el Ponte Sisto (mi puente) y los brazos astillados de San Vincenzo Palloti (mi santo) en San Salvatore in Onda (que es mi iglesia). Roma has ganado, no termines. ¿O quizás has ganado porque terminarás un día?