EL TRIBUNAL Supremo acaba de empapelar a un guineano por vender una papelina que ni siquiera contenía 0,2 gramos de heroína. El camello, que malvivía en el escalafón más bajo de la cadena de los narcotraficantes, había sido absuelto por la Audiencia Provincial de Vizcaya, que consideró que la cantidad que le habían aprehendido era tan ridícula que no valía la pena seguir con el proceso. Pero el Supremo, en una sentencia con clara vocación de marcar un criterio a todos los tribunales de España, le ha metido tres años de cárcel, que no está nada mal. Considera el alto tribunal que con la cantidad aprehendida al camello se podía hacer daño a la salud pública, así que se ha sacado de donde ha podido una tabla de mínimos para encarcelar a la gente. Mínimos que, cuando menos, pueden ser calificados de surrealistas. Con los diez miligramos de hachís que dan paso a una confortable estancia en la trena no se coloca ni el juez que firma la sentencia. Ni tampoco se ha conocido en toda la larga historia del comercio de las drogas a nadie que vendiera tan irrisoria cantidad. Pero el listón queda así de bajo. A la altura adecuada para que pueda pasar cualquiera. Mientras tanto, siguen sucediéndose condenas de todo a cien a grandes narcotraficantes o, aún mejor, dilaciones judiciales que permiten levantar el vuelo a auténticos meganarcos antes siquiera de llegar al tribunal. Son paradojas del sistema, ya se sabe. Un apretón más a los del piso de abajo, otra vuelta de tuerca con más ideología que justicia por parte de quienes sólo ven una parte del problema. En fin, los disparates de siempre.