KEVIN COOPER ya está muerto. El día 10, una inyección le reventará las entrañas. Ya no será un cadáver andante. Será sólo un cadáver. Cooper, un negro de 45 años, lleva dos décadas esperando un milagro en las celdas de California. Está condenado por asesinar, supuestamente, a cuatro miembros de una misma familia. Claro que, como tantas otras veces, hay dudas. Sombras en el proceso. Pero Cooper ya está muerto. La semana pasada se jugó su última baza. Pidió clemencia. Y fue Terminator el que se la negó. Fue el tierno poli de guardería el que lo envió al infierno. Y es que ahora, Schwarzenegger no es sólo un amasijo de músculos. Ya no es sólo un pésimo actor. Ahora es Dios. Decide sobre la vida de los demás. Ahora es otro vaquero con poder. Ahora mata sin efectos especiales. Ahora la sangre no es ketchup. Es otra de las lindezas del país de las libertades. American way of life. Ya saben: Super Bowl, hamburguesas, Wall Street, Michael Jackson, fastuosos festivales benéficos¿ Puro espectáculo. Y mientras, supongo que Cooper se ahogará de miedo en el corredor. Porque lo van a liquidar. Y lo suyo se sabe porque el valiente que lo ha rematado es un tipo conocido. Un payaso del circo mediático. A otros los acribillan en silencio. Inocente o culpable, Cooper dormirá el martes en una tumba. Inocente o culpable, también él será asesinado. «Sayonara, baby». Estás muerto. Así es la ¿justicia? americana. La de la pena capital. Una picadora de carne humana. Y nadie, ni Terminator, tiene lo que hay que tener para pararla. Apesta.