VIAJEMOS en el tiempo para intentar comprender algo de la carrera espacial. En 1939, cuando aún no habíamos enterrado a todos los muertos de la guerra civil, ningún cuerdo hubiese creído la fantasía de que treinta años después un hombre se pasearía por la Luna. Pero sucedió: una noche de verano del 69 nos arremolinamos en el teleclub para presenciar el prodigio en directo. Tres décadas es lo que nos separa de la fecha en la que, según George Bush, el hombre pondrá los pies sobre Marte. El anuncio fue recibido con más escepticismo que entusiasmo, pero no parece que sus planes sean ciencia ficción. La conquista marciana será posible no sólo porque dentro de treinta años el mundo tendrá poco que ver con el de hoy; dos épocas que se parecerán incluso menos de lo que se parecía 1969 a 1939. El empeño espacial va a ser prioritario porque, al margen del interés científico de las expediciones, la primera potencia no resistiría la humillación de ver una bandera que no sea de barras y estrellas cuando sus astronautas lleguen allá arriba. Pero ¿de dónde saldrán los miles de millones que hacen falta para los viajes siderales? Pues saldrán de donde salen siempre: de lo que no se emplea en atajar el hambre y las enfermedades, de lo que nos ahorramos en evitar la muerte lenta del planeta, de lo que se escamotea a la educación y el bienestar. Y, además, alimentarán una nueva industria que, quién sabe, quizá deje de fabricar misiles para producir cohetes. Bien pensado, si fuera así, la conquista del espacio salvaría a la Tierra: mientras buscan marcianos dejarían tranquilos a los afganos.