06 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

PAPÁ NOEL es un tipo con vista. Nos la ha jugado. Él, sus renos y la legión de duendes que tiene en nómina. No sé si empezaría de autónomo en su nevada factoría nórdica, pero ahora tiene una multinacional y puede lanzarle una opa a los Reyes Magos. Se ha ido colando en la tradición a lo tonto, a base de películas, anuncios y etiquetas de refresco. Un crack. El viejo barbudo y con pinta de bonachón (que esconde a un Bill Gates de las finanzas) es el primero en meterte mano en la cartera. Pero no el único. Sus Majestades de Oriente también se llevan lo suyo. Justo, supongo. A fin de cuentas ellos son los pioneros, los que abrieron el negocio. Para algo se lo llevan currando más de dos mil años. Luego suben los impuestos, la autopista, el párking, el menú del día, el café, el colesterol... Y enfilas la cuesta de enero acongojado y echando más cuentas que un corredor de apuestas. Pero son las rebajas las que de verdad te dejan tieso. Da igual que necesites comprar o no. Al final, no sabes muy bien cómo, siempre das con tus huesos dentro de un minúsculo probador de diseño, en calzoncillos y rodeado de espejos. Fuera te hacen la guerra psicológica con música electrónica a todo volumen. Sin tregua. Al final te rindes y desembolsas. Todo sea por recuperar tu dignidad y no seguir aprisionado casi en pelotas y sin apenas sitio para revolverte. Un delirio de villancico: compras y compras y vuelves a comprar. Y terminas cabreado, confundiendo a Papá Noel con un atracador, a los Reyes con gánsteres y al dependiente de la tienda con una máquina registradora. Son las gangas de la ¿dulce? Navidad.