AYER, me vi envuelta en la masa de forofos que acuden a saludar a los Reyes Magos cuando sus Majestades pasan por Madrid. Había de todo: señoras cubiertas de pieles, niños granujientos, ya crecidos, madres con escaleras, pero, sobre todo, verdaderos creyentes de seis, de ocho, de diez años con ojos abiertos como platos. ¿Cómo les llegan las cartas? ¿van volando? ¿los carteros las reúnen en sacas especiales? ¿se perderán las cartas si hay huelga de aviones? Hubo un tiempo en que creer en los Reyes Magos resultaba natural. El mundo era un lugar donde lo maravilloso se codeaba con lo zafio. Si existía Spiderman y las flores crecían en algodón y los jerséis se fabricaban con madejas, ¿por qué no iban a existir sus Majestades ubicuas? A mí me parecía normal y corriente, incluso lógico, que varios camellos sobrevolasen simultáneamente Betanzos y Túnez y Ceilán llenos de juguetes para niños. Ponía el zapato, oteaba por los espejos y guardaba un oído aguzado a que diesen las doce. Estaba convencida de que los Reyes entrarían a través de las ventanas entreabiertas, quejándose de la espalda. No necesitaba prueba alguna. Mis compañeras de clase ejercitaban, en cambio, todo tipo de mecanismos de control. Las había que dejaban vasos de vino para los monarcas y un barreño con agua para los camellos; otras encontraban huellas de arena del desierto en el pasillo; algunas afortunadas conversaban largamente, con el rey Baltasar sobre cunitas. En 1981, una niña trajo, el primer día de clase, la prueba definitiva de la existencia de los Reyes. Era un anillo dorado -para puros- que había descubierto sobre uno de los muebles de la sala. La creímos.