En medio de las Navidades, las noticias vienen a amargarnos la fiesta. Hace unos días nos enteramos de que la tasa de mortandad gallega es de las más elevadas de España. Que es como decir que entre las peculiaridades de los gallegos figura ésta, que nos morimos más, en general, que los demás súbditos de la democrática corona. ¡Oiga, ya está bien! Discriminados, vale, pero hasta en esto... Acaba el año y venga luto. Quintos de España en muertes en accidentes de tráfico, en cifras brutas (nunca mejor dicho), o sea, sin dividir por el número de habitantes, que entonces seguro que aún destacarían más nuestras funestas costumbres. Está visto que así no vamos a ninguna parte. Si ya crecemos poco por falta de natalidad y encima nos apuramos en emprender el gran viaje, pronto dejaremos Galicia como un desierto verde. Hay que revolucionar las conciencias y cambiar de cultura. Se acabó aquello de come forte, bebe forte, etcétera... e non lle teñas medo á morte , y pasar a comer suave, o sea, doble de grelo y mitad de lacón. Esto por lo que hace a la mortalidad en general. En cuanto a la segunda parte, a lo de ir a buscarla sobre cuatro ruedas cualquier noche de fiesta, la concienciación aún debe ser más radical. El camino nos lo marca por fin la autoridad eliminando la denominación de «vías rápidas» para esos caminos locos en los que han perdido la vida tantos jóvenes. Piénsenlo bien estos muchachos que anuncian su virilidad aún sin probar a base de pisar el acelerador. Esto no es el Oeste. Ser rápido es un defecto. En todos los campos, mejor, lento y bien hecho. Preguntadle a los expertos y expertas.