23 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

EN UN cuento de Nochebuena sería fácil imaginar vacíos los albergues para los sin techo. Pensar que los camellos tuvieron que dejarlo porque se quedaron sin clientela. Que nadie se iría al otro barrio de un mal chute. Que nadie tendría que esperar la Navidad en un hospital, a la vera de un chaval que la carretera dejó en coma. No habría lugar para aberrantes redes de pederastas escondidas en un asqueroso rincón de Internet. Las pateras serían ilustraciones en libros de texto glosando la historia de gente que se jugó la vida intentado ganársela. Las guerras se harían con almohadas y las pastillas se usarían sólo para curar la gripe. En un cuento de Nochebuena no habría salas de urgencias con mujeres reventadas a puñetazos y mordidas por la rabia. No habría viejos solos, confinados entre las cuatro paredes de un asilo, porque estorbaban en una casa. Nadie dejaría medio muerto de una paliza a un negro por ser negro. En un cuento de Nochebuena no habría coches bomba, ni cartas bomba, ni bombas lapa. El terror viviría sólo en el cine y en los libros, no anidaría en las calles de una ciudad. Las batallas se librarían en el ajedrez, a golpe de enroque y de jaque pastor. Y las invasiones se harían sobre tableros de Risk.Y no se vomitarían euros para pagar armas que hieren, mutilan y matan. La lástima es que las pesadillas le ganen la batalla a los sueños, aunque sea Nochebuena. La pena es que los cuentos tan sólo sean cuentos. Lo malo del asunto es que, incluso hoy, no todos tendrán una noche tranquila. En algún hospital, en alguna trinchera o en las aguas del Estrecho, hoy tampoco habrá noche de paz