HOY he pasado junto a la casa natal de Marinetti. Está enfrente del castillo Sant'Angelo, desde donde Tosca se despeña todos los días por amor. «Preferiría vivir en Roma, aún con una sola doncella, que en cualquier otro lugar del mundo», dijo la reina Cristina. Toda Roma está llena de recuerdos suyos. Uno puede imaginársela ajetreada, masculina, del brazo de su amado cardenal Azzolino, subiendo al Gianicolo, visitando el foro, comprando Caravaggios , escribiéndose con Blaise Pascal. La reina Cristina, a la que imagino más Greta Garbo que hija de Gustavo Adolfo. Su vida sigue siendo un enigma. Con tan solo treinta y dos años, después de haberse negado repetidamente a contraer matrimonio y dar descendencia a la corona, Cristina se convirtió al catolicismo, abdicó del trono sueco, y se trasladó con honores a la que entonces era capital del mundo. Corría el año 1655. A través de las ventanas del Palazzo Corsini se adivina aún la música de Corelli y Scarlatti en las largas matinées de la Academia Real. Magos, físicos, filósofos, alquimistas, poetas como Crescimbeni, astrónomos como Ciampini y hasta el jesuita Kircher -que jugaba con los espejos cóncavos, había inventado el pantómetro y hecho nacer un basilisco de una cáscara de gallo viejo- aleteaban en torno a la Minerva del Norte. En el Palazzo Rúspoli se presenta este otoño la primera exposición dedicada a la Colección Real Sueca donde es posible ver el vestido que lució la reina niña, el día de su coronación. Pero sobre todo, un Arcimboldo delicioso y un Globo Meridiano, provenientes del botín de Praga, joyas que pertenecieron a mi querido emperador Rodolfo. xto