LA GLOBALIZACIÓN es como el colesterol. Hay una buena y una mala. La buena nos acerca a otras culturas. Nos pone en contacto con nuevas formas de ver el mundo. Nos hace mejores, en definitiva. Fíjense. Mi madre, que vive en Madrid, vino a visitarme hace poco porque quería ir a Portugal para comprar un chándal para mi hermana, que vive en Londres. Eso es globalización de la buena. Es decir, solución global a problemas locales. La globalización mala actúa igual que su compañero lípido. Obstruye nuestras mentes. Nos abotarga el alma y nos iguala con frecuencia en lo malo. Se aprecia especialmente en la utilización del lenguaje y en los hábitos alimenticios. Recuerdo que a mis primos de Puerto Rico les gustaba caminar descalzos por la carpeta y que apreciaban especialmente las oranjes valencianas, por no hablar de su inexplicable devoción por rociar cualquier manjar que les servíamos con el execrable ketchup que, paradigma de la globalización mala, hace que todo te sepa a tomate ácido. La semejanza entre ambos males se hace más evidente cuando se le busca remedio. Si usted tiene las venas repletas de colesterol maligno el médico le pondrá a dieta severa. Olvídese del embutido, las fritangas y un sin fin de alimentos sabrosos. No hay excusas, dejarlo pasar es exponerse a un ataque al corazón. Si lo que corre por su torrente sanguíneo es la globalización mala, el remedio es el mismo. Dieta severa. Abandone los malos hábitos como el zapeo y el soffing -dícese de repanchingarse en el sofá-, abra un libro de Benedetti o de García Márquez, escuche a los Rolling Stones, aprenda catalán y, sobre todo, tolere, que algo queda.