ENTRE TINIEBLAS

12 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

CADA semana veo pasar por la pantalla de mi ordenador docenas de teletipos sobre el cáncer. Un gen responsable de un tipo de tumor; una nueva terapia que funciona o que fracasa; una estadística inquietante o esperanzadora; una entrevista con un médico o una queja de un colectivo de pacientes; un famoso que enferma o que publica en un libro su batalla¿ El cáncer es un cliente habitual de mi pantalla. Me visita con frecuencia. Unas veces le hago caso y otras no, pero él vuelve siempre, ocupando su cuota informativa, ofreciéndose para salir en las páginas del periódico. Uno se acostumbra al cáncer, igual que al sida o a la injusticia social. Son compañeros de fatigas. Pero un día alguien te llama. Alguien cercano. Y te lo cuenta con una voz quebrada: «Le han encontrado unas manchas. Aún le van a hacer más pruebas, pero parece que sí que es. A ver si dejas de fumar, hijo». Y entonces el cáncer salta del teletipo a tu vida. Así, por la cara. Y todos los avances y todas las estadísticas de supervivencia del mundo se quedan en las páginas del periódico, porque para él no valen. Él sufre la quimioterapia en inacabables jornadas de salas de espera atestadas donde todos tienen el ánimo herido; en pabellones de dolor que para él ya son callejones sin salida. Apenas han pasado cuatro meses entre el primer diagnóstico y los parches de morfina. Durante ese tiempo he seguido mirando el teletipo, como todos los días. Y he visto que mi Gobierno dedica seis euros a la investigación militar por cada euro que va a la investigación médica. A veces resulta difícil asimilar tanto asco.