EL ABUELO del Príncipe, que aunque no tuvo trono se convirtió en la médula de la dinastía, decía que las reinas no pueden tener pasado. Desde que la Casa Real anunció el compromiso de don Felipe con la periodista Letizia Ortiz es exactamente el pasado de la novia, plebeyo y vivido a la vista de tanta gente, lo que proyecta sombras sobre la futura reina. En su partida de nacimiento no estaba escrito que Letizia iba a ser princesa. Hasta hace menos de un año ni a ella misma se lo podía imaginar. En el diario de una mujer joven que salió pronto de casa, que pasó por la universidad, que viajó, que trabajó, que se divirtió debe de haber muchas anotaciones. Y algunas de las cosas que suceden en el mundo real no encajan con los preceptos más recios y rancios del mundo Real. Ya sabemos que un día se casó sin pasar por la iglesia y que es divorciada. Pero ¿qué tachas puede haber en su pasado que la inhabiliten para ser la mujer del próximo monarca? ¿Haber sido una rojilla republicana en su juventud? ¿Tal vez algún topless playero? Un día esas especies, las más inocentes y las peor intencionadas, reptarán por la prensa de los desperdicios. Cuando suceda, deberían merecer la misma atención que los desmedidos elogios que la periodista recibió estos días. O sea, ninguna. Pese a la pretensión de asepsia imposible pregonada por don Juan, la futura princesa tiene un pasado, pero lo importante ahora es que debe ganarse el futuro. Y puede lograrlo, porque parece lista, tanto como para no cometer la torpeza de Bill Clinton cuando se descubrió que había fumado porros. «Sí -reconoció el ex presidente-, pero no me tragaba el humo».