IGUALDAD. Qué palabra tan bella. Qué sonoridad. Qué quimera, también. ¿Somos iguales los hombres que las mujeres, los negros que los blancos, los nobles que los plebeyos? Vayan un lunes por la mañana a un supermercado y se darán cuenta de que no. No encontrarán más varones que los carniceros. Y la cosa no parece mejorar. El otro día, viajaba en un autobús y se subieron un chico y una chica. Unos trece años tendrían. Ella le contaba que había apostado con su hermano que si echaban de Gran Hermano a Nico no tendría que trabajar en todo el fin de semana. «¿Trabajar?», le preguntó él. «Sí, limpiar y eso», aclaró ella. El cerró la conversación con una sonrisa pilla y un «yo nunca limpio» que no recibió por respuesta más que un «ah, pues yo siempre». Pero ni un poquito de indignación. En cuanto a lo de las razas, la cosa parece no tener arreglo. Nos encanta calificar, ordenar y clasificar a las personas por su lugar de procedencia. Abrir un periódico y leer «un colombiano asesina a un madrileño en Moncloa» es habitual. Bueno, la cosa no llega al titular de un diario provincial lucense que un día espetó en una de sus páginas «tres personas y un portugués mueren en un accidente de tráfico», pero tanto calificativo geográfico en nada ayuda a la convivencia. Más bien fomenta odios y temores infundados. Por lo menos, la boda de la plebeya Letizia Ortiz con el Príncipe Felipe abre la puerta a que cualquier mujer pueda ser reina de España. Ya sólo falta que llegue el día en que cualquier hombre pueda ser rey. Vamos, que hasta ahora siempre les toca a los mismos.