LA PREGUNTA era para ella y, la verdad, se lió un poco al contestar. Sólo un poquito. Y el novio salió al rescate, subiendo el tono de voz por encima del de ella. Pero el frenazo fue inmediato: «¡Déjame a mí!». Se lo dijo con cariño, pero con firmeza. Y el novio se calló y la dejó que terminara de responder a la pregunta. ¿Lo vieron? Ocurrió ayer al mediodía durante la rueda de prensa tras la petición de mano. Y estoy seguro de que a muchos, el talante, la firmeza y la naturalidad de Letizia les produjo un sarpullido. Una plebeya divorciada será reina de España. Uf, muy fuerte para la rancia monarquía española. Y encima con esos aires. Demasiado. Dicen que don Felipe planteó la cuestión como un ultimátum: «O ella o me voy». De modo que, entre un divorcio y una monarquía, no hubo más remedio que ceder. Las primeras consecuencias ya se vieron ayer («¡Déjame a mí!»). Y es sólo el principio. Acabaremos comprobando que ella será la primera en presionar para que, si su primogénita es mujer, sea la heredera. Tal vez acabemos conociendo pasajes del pasado de la Reina de España desconocidos en cualquier reina anterior; leyendo entrevistas a su primer marido y otras cosas propias de una reina que tiene apellido de madalena. Pero que no se preocupen los del sarpullido. Letizia es una mala noticia para los republicanos porque sitúa a la monarquía en la modernidad más rabiosa, incluso por encima de la media nacional y la acerca a la gente más que nunca. Aquí el único que de verdad debe preocuparse es don Felipe. A él sí que le van a poner las pilas.