Roma Bárbara

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

Mientras los políticos discuten de sus cosas, desembarco en Roma para pasar en el invierno. Hace calor y el Trastevere arde con los zanzare tigre que dejan picaduras del tamaño de una pelota y nos tatúan piernas y brazos por las noches. La Academia de España ya no es lo que era y nos lo hace saber enseguida. Vivimos en un minúsculo pasillo mientras que la gigantesca casona está desierta. Ya no hay artistas, sólo tesinandos, y Eugenia Rico y yo que nos las vemos y nos las deseamos para convertir nuestros dormitorios de colegio mayor en algo semejante a estudios. Difícil. Mi ventana da al jardín y en la iglesia de San Pietro in Montorio vive un franciscano que pinta cuadros cubistas y lee a Baudelaire y a Rilke. Pero, aún así, echo de menos mi balcón madrileño y la calle perfumada de basura, los lechuguinos y los maletillas y los mindunguis y sobre todo echo de menos mi casa llena de libros que leeré algún día. Y es que en la Academia no hay un mal libro, sólo estatuas, bustos y bedeles: vacío. Eugenia dice que a Valle lo mandaron aquí para evitar que escribiese. Claro, fuera está Roma, llena de ruinas, de cuerpos esculpidos, de iglesias, de plazas, de fontanas. Pues bien, hasta eso no consigo verlo sin cansarme. No sé en qué estarían pensando esos emperadores, esos príncipes, esos prelados. Creo que mi alma, después de tanto tiempo, se ha vuelto oriental y deplora la barbarie. Porque Roma es bárbara, incluso el Vaticano es bárbaro y germano. ¡Cuánto más espiritual El Cairo o Marrakech con el canto de los muecines y el olor a especias y la gente sentada en el zoco respirando!