VIDAS EJEMPLARES
03 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.FLORENTINO se despertó demudado, con su pijama blanco encharcado en sudor. Tembloroso, rememoró su estremecedora pesadilla: Beckham debuta en la Liga frente al Sevilla. El entrenador rival encarga a Pablo Alfaro, el central más killer del campeonato, que se encargue de marcar al crack británico. No ha pasado el minuto 5 y Alfaro ya le ha endiñado dos sachazos de espanto. El extremo inglés es incapaz de desbordar a Alfaro (aunque nadie parece recordarlo, Beckham no sabe regatear) y no toca bola. Las críticas son muy negativas y al siguiente domingo todo el Bernabéu lo recibe con abucheos. David comienza a deprimirse, pues además de la hostilidad del público tiene que lidiar con la del vestuario: Raúl y Guti, celosillos, se dedican a hacerle jugaditas. Beckham, estresado, sufre alopecia nerviosa y se le cae la melena. Ya no puede cambiar de peinado cada semana. Los anuncios de moda se acaban. Deja de aparecer en los tabloides británicos. El Madrid ya no vende ni una camiseta de Beckham, acabado. Florentino confía en que la popularidad de Posh Spice , la consorte de David, logre mantener la cotización de la marca Beckham. Pero Victoria Adams se aclimata a España en exceso y cambia los bolsos de Prada por constantes visitas al mesón Prada a Tope . Adicta a las costillas de cordero y las patatas fritas, sufre un crisis de bulimia y engorda 15 kilos de golpe. Victoria, expandida, ya no cabe en el wonderbra y pierde su glamour . Musicalmente, decide hacer un disco étnico, «lleno de aromas españoles», y se alía con Bosé, Ana Belén y Loquillo. Aznar la acusa en el Congreso de darle cancha a la «progresía caduca». Poco acostumbrada a la garra oratoria de nuestro presidente, Victoria decide volverse a la educada Inglaterra. La aventura española de los Beckham se ha acabado y el Madrid se encuentra con un enorme agujero económico. Florentino, desesperado, intenta que el Ayuntamiento le recalifique más terrenos para pagar el nuevo pufo con otro pelotazo inmobiliario. Pero Gallardón le dice que no, porque tras el lío de Tamayo ya no se pueden hacer trapalladas urbanísticas fácilmente. Florentino se despierta. Un inmenso alivio lo invade.