Cambiar a Bisbal por los maitines y el Orzán coruñés por el monasterio de Valdeflores en Viveiro sólo tiene un nombre: fe
21 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.«Es como cuando eliges a alguien para casarte. No te dejan de gustar otros chicos pero no andas corriendo detrás de ellos» Un sábado cualquiera, a las seis de la mañana, cuando alguna de sus amigas abra sigilosa la puerta de casa para no despertar a sus padres, tras una noche de fiesta, Jessica estará saliendo de su celda del monasterio de Valdeflores, en Viveiro. Mientras la primera correrá hacia su cama para acostarse y descansar tras la juerga, la otra, la coruñesa de 23 años candidata a sor, apurará también el paso, pero lo hará para sumarse a la oración de sus dieciséis compañeras de clausura. No será la primera vez que Jessica Paradela García responda a esta particular llamada. Ya pasó algún tiempo en un instituto secular: «Me salí, porque aquello no era lo mío, allí buscaban la vida activa y lo que Dios pide para mí es la contemplativa», detalla. Y lo cuenta como si, en lugar de ir a pasar el resto de su vida dedicada a la oración, fuera la flamante ganadora de un crucero por el Mediterráneo, explicando el plan de viaje. Son las doce de la mañana, pero ella llega maquillada, y para concertar la cita hubo que llamarla al móvil. Pinturas y teléfono quedarán tras los muros del convento y a ella le da igual: «Cosas como esas son detalles. No tienen ninguna importancia, comparado con lo que voy a ganar». Y lo que va a ganar es una dedicación completa a su fe. Días llenos de horas para el rezo, que sólo se interrumpirán para colaborar en las tareas de repostería, ayudar en la huerta o en el cuidado de las ovejas del monasterio o trabajar en la cerámica. Todas estas actividades generan los ingresos de las integrantes de la orden de las Dominicas. A esto dedicará su vida si no decide lo contrario durante el período de prueba: «Primero son seis meses o un año de postulantado. En ese tiempo aún puedes llevar tu ropa de calle, por ejemplo. Luego viene el noviciado y así hasta completar unos siete años, que es cuando tomas los votos perpetuos», detalla. «Es como un noviazgo», redondea la futura monja. Otro tipo de noviazgo Por supuesto, ella ya pensó muchas veces en otro tipo de noviazgo, uno más al uso, convencional. Pero no: «Esto no es ninguna renuncia a nada. Es como cuando eliges a alguien para casarte. No te dejan de gustar los otros chicos, pero no andas corriendo detrás de ellos. Digamos que opto por un amor mayor», cuenta y sonríe. Hasta ahora su vida fue bastante más corriente. Por supuesto, hubo algún muchacho: «Nada serio, cosas de cuando era más joven», y sus aficiones van más allá de la oración: «Me encanta bailar y soy muy activa». Tiene una carrera, la de Filología Hispánica, que hizo pensando en ser maestra, pero ahora sólo podrá enseñar a sus 16 compañeras de convento. Ella será la única en fase de noviciado y la más joven de largo: «No hay muchas vocaciones. Pero las de ahora son más sinceras», reflexiona Jessica, la aspirante a sor.