Yo también soy de las que he soñado de atardeceres perfectos, sola o en compañía, en este caso es lo de menos. Sonido de pájaros, una brisa suave... Como dice el otro, llámenme iluso, pero les puedo asegurar que en ningún atardecer hubo nunca una silueta tan tétrica como la que nos deja este anochecer iraquí. Menudo puñetazo en los ojos. Verlo es como probar un bombón que al morder notamos que está lleno de sal. No creo que eso le guste a nadie, ni tampoco que tan cerca de donde se dice que estuvo el paraíso todo se cubra de pólvora. La vida en Rosa Pero la vida sigue. Pese a todo. Y lejos del mundo verdadero, en un país de cuento de hadas en el que todo es rosa y se llama Mónaco, el sábado pasado se celebró, precisamente, el Baile de la Rosa. Ya saben, ese que sale cada año en el Hola y que yo, como sólo me dedico a ver los santos, todavía no tengo muy claro a qué viene. Todo fue perfecto, como ideado por Disney. Allí estaban (ideales de la muerte, como siempre) el príncipe Rainiero, muy avejentado pero sonriente, con toda la prole unida. Al menos, para la foto. Carolina fue la más elegante, de negro, como su hermana Estefanía que ahora se ha teñido el pelo de ese color. El consorte de Hannover, que lleva unos meses sin armarla, estuvo solícito con su esposa, en plan Pepe Sonrisas. Lewinsky, presentadora ¿Se acuerdan de Mónica, la Mónica por excelencia? Sí, Lewinsky. Pues sigue su cómoda carrera de famosa. Hace ya tiempo que se tragó (con perdón) toda la vergüenza del mundo y se lanzó a sacar partido a su aventura de genuflexiones ante Bill Clinton. Ahora está a punto de iniciar un nuevo proyecto para televisión como presentadora de un reality show. No se sabe qué tal labia tendrá la joven y si tendrá tablas para dar bien en la tele, pero eso es lo de menos, ella ya ha engordado el bolsillo. A los Oscar, sin vestido Imagino que ya sabrán que en la última semana los diseñadores que habían colocado sus modelitos entre los asistentes a la gala de los Oscar de la pasada madrugada han andado como locos cambiando sus propuestas por otras mucho más discretas. Ya se sabe, en tiempos de guerra se considera obsceno hacer alarde de glamur. Pero hay quien ha tenido que cambiar varias veces. Esto le pasó a Angelina Jolie. Por lo visto, el modisto británico Scott Henshall llevaba el traje en su coche para entregarlo en mano. Y, ¡oh, calamidad!, algún listillo se lo cogió. Así, sin más. El modelito era un vestido con un corpiño rojo de lo más sexy, una bagatela de sólo 30.000 euros, vamos, más de lo que cuesta un coche familiar con muchos extras.