Ya sé, ya sé que está la cosa muy revuelta como para frivolizar, pero espero que ustedes también entiendan que no todo va a ser guerra. Así que mientras ustedes y yo mantenemos nuestras opiniones al respecto y obramos en consecuencia, hoy vamos a cambiar el tono de la fotografía para desengrasar de tanto belicismo y tanta sinrazón. Ahí tienen a Chenoa , vestida de reina del Carnaval en la primera jornada de Port Aventura. La verdad es que esta foto juega contra mis intereses, porque mi sobrino Alexandre no para de agobiarme con que lo lleve al parque. Pero bueno, a ver si un año de estos me dan vacaciones y le puedo dar el gusto al niño. La verdad es que con esas alas rojas que flanquean el vestido de la cantante no podemos comprobar fehacientemente el resultado de la operación en la que fue liberada de las odiosas cartucheras. Lo que está claro es que su sonrisa luce tan espléndida como siempre. El otro George Bush Estoy escribiendo esta crónica y las bombas sobre Bagdad resuenan en todos los televisores de la redacción. Me da la impresión de estar viendo pornografía pura. Pero yo sigo. Resulta que hay un Georges Bush que dice No a la guerra. Pero, claro, no es el Georges Bush que ocupa la Casa Blanca. Es un peruano de 14 años que se expresa así: «Las armas traen destrucción no sólo para los enemigos que se enfrentan, sino para los civiles». Resulta que un periódico peruano encontró al homónimo del presidente de los Estados Unidos y, claro, le preguntó por la guerra. Al parecer, el chaval pertenece a una familia que tiene un antepasado norteamericano, que fue quien introdujo el apellido en Perú. Y al chaval le pusieron George Christian Bush Romero. Seguro que el jovencito, con la que está cayendo prefiere que le llamen Christian. Una dentadura en el desayuno Bueno, ya está bien. No más guerra por hoy. Voy a buscar directamente su sonrisa. Imagínense que están ustedes volando en una línea comercial tan importante como British Airways y viene la azafata y les sirve un desayuno: huevos fritos con bacon. Muy británico. Y van ustedes y descubren un reflejo metálico. Lo tocan con el tenedor y, efectivamente, es algo sólido. Así que, directamente, lo extraen de la bandeja y ¿qué es? ¡Una dentadura postiza! Indignado, avisa a la azafata que intenta tranquilizarlo y se dirige pitando hacia el botiquín con la sana intención de buscar algo con que fijarle la dentadura. La azafata, claro, pensaba que el postizo no era un elemento extraño en el desayuno, sino que se le había caído al cliente. Aunque parece un chiste, le ocurrió a un vecino de Castelldefels, que finalmente logró que el personal del avión entendiera que la dentadura no era suya. Imagínense las disculpas del encargado de vuelo que, además, no pudo ofrecerle un nuevo desayuno, porque habían agotado todos. Al viajero afectado, al final, le recompensaron con cincuenta libras en descuentos.