Son la cara opuesta a la política, la voz de los sin voz, pero también un reino de taifas que ahora ha de incentivar a una sociedad que no ve sus resultados
08 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.La mitad de los habitantes de la tierra jamás ha realizado una llamada de teléfono. Recogen diamantes los que viven en la pobreza. Los productores de leche en el Sur tiran su producto porque el Norte les vende algo similar más barato. Paradojas que inundan el planeta y que vacían de esperanza a buena parte de la sociedad, desencantados que buscan soluciones lejos de partidos políticos y que encontraron fórmulas próximas en la Organizaciones No Gubernamentales. Galicia no ha sido ajena a esos movimientos. Entraron a un ritmo más pausado que en otros lugares, pero en diez años han multiplicado por esa cifra su presencia, arrastrados por las oenegés de cooperación internacional y unas propuestas que no encontraron entonces el eco oportuno en los ejecutivos locales y autonómicos. Sin abandonar la línea crítica, hoy aquellos pioneros reconocen que el panorama ha cambiado; también en la gestión administrativa. Los cambios «Sería una irresponsabilidad no reconocer que ha habido un incremento de presupuesto oficial muy importante», afirma José Luis Quintela, responsable regional de Intermón-Oxfam. La Xunta destina ahora en sus presupuestos el 0,065% a programas de desarrollo, lejos del totem 0,7 pero muy relevante si se retoman las cuentas del 2000: un 0,02. La jugada se siguió en el último gobierno con la creación de una consellería dedicada, precisamente, a la ayuda internacional y se completó con una Lei do Voluntariado (ya en vigor), otra de Cooperación Internacional (prevista para la primavera) y un plan director de cooperación. «Eses cambios de xogo cóllennos co pé cambiado», admite Emilio Martínez, presidente de la Coodinadora Galega de ONG para o Desenvolvemento. En la comunidad hay unos 100.000 militantes, pero apenas medio millar se empeña de forma constante en estas entidades. «Involucrar a la sociedad cada vez es más difícil», apunta Quintela. En la utopía no se ven resultados inmediatos. Un presente de paradojas, en fin, similares a otras por las que luchan y que permiten avistar un futuro «en el que habrá que apostar por la gestión profesionalizada y la unidad», comenta Xosé Cuns, miembro del Instituto Galego para o Terceiro Sector. La incertidumbre del presente sólo se combate, coinciden los veteranos militantes, en no perder de vista el fin último por el que nacieron: desaparecer, consecuencia lógica al alcanzar los principios de igualdad y justicia.