La marea blanca resiste en las playas. En las del Sur y en las del Norte. Inasequible. Incluso a un amanecer negro en el que la playa que quedó limpia de noche, recibe una nueva ola de chapapote. Como una burla, como una prueba. Los voluntarios trabajan mientras el Prestige sigue agonizando en el fondo del mar y amenaza con que este túnel no tenga fin. Después de arrasar la costa, de herir de muerte a las Cíes, quiere acabar con nuestra voluntad. Más fuel al mar, más voluntarios a las playas. La verdad es que ya se me acaban las palabras. Le voy a ceder mi voz a otros. A Marta, coruñesa desplazada en Suecia: «Se me han caído las lágrimas de rabia al ver las fotos de los marineros y los voluntarios pescando la porquería negra». Me escribe al correo y me cuenta que no sabe qué hacer y que bombardea «a mis conocidos suecos con traducciones-resumen de las noticias que obtengo porque, una semana después del hundimiento, la marea negra y el Prestige ya no son noticia internacional». Seguro que, desde que Marta me envió este correo, la tragedia gallega ha vuelto a los informativos. Lolucha me escribe desde Estados Unidos. Dice que está siguiendo la catástrofe por los informativos, que ha llorado (¿y quién no?), y añade: «Estoy muy orgullosa de la gente gallega, de mi gente y no lo estoy del Gobierno que tan pobremente nos representa». Patricia, desde Muros, admitía hace unos días que en el lugar en el que vive: «la gente ha cambiado, la vida ha cambiado, en tan solo unos días, todo se derrumbó». Y Alberto, desde Pontevedra me animaba en uno de mis días más tristes: «Sólo si desmayamos, si cunde entre todos nosotros el desaliento, si por algún recóndito lugar de nuestro corazón penetra la desesperanza, sólo en ese momento habremos perdido la batalla contra el maldito chapapote». Leny se siente de Fisterra y se acuerda de su abuelo: «A veces pienso en mi abuelo y en que probablemente se estará retorciendo de rabia desde allí donde esté al ver las cosas como están. Pienso que es casi mejor que no esté con nosotros porque se volvería a morir, pero esta vez de pena...». Son algunas de las voces que han querido expresarse a través de un correo electrónico, abatidas todas por la negrura de la catástrofe. Tal vez alguno de ellos esté estos días embutido en esos monos blancos que han convertido la costa gallega en una especie de escenario de película de ciencia ficción. Ojalá fuera sólo eso, una película. Y que pudiéramos pensar mientras la vemos que sólo es cine, una ilusión y que al salir de la sala, todo será normal. Gracias a todos los que luchan contra el veneno, a todos los que ayudan. Entre todos y contra los que nos han traído hasta aquí conseguiremos que algún día la vida vuelva a ser como antes.