Que si ja-ja-ja , que si ji-ji-ji , Aznar está imparable. En los últimos tiempos todo le hace gracia y, si hay que reirse, él se ríe más que nadie. A grandes carcajadas. Ayer, durante el desfile de las Fuerzas Armadas, el presidente volvía a troncharse de risa ante la complicidad del rey don Juan Carlos y la mirada atónita de don Jaime de Marichalar. No me pregunten por qué, pero seguro que fue algún chiste que, desde luego, no le tenía a él como protagonista. Será por haber alcanzado la categoría de suegro a tan temprana edad, por esas marcas imposibles que consigue cuando hace deporte, porque ya está empezando a saborear su tiempo de ocio o simplemente un efecto secundario de haber puesto los pies en la mesa ante el mismísimo Bush, pero está claro que el presidente del Gobierno es un hombre feliz. Y risueño. Probablemente habrá un nutrido grupo de lectores que ahora mismo estarán pensando que no están las cosas para tanta hilaridad, pero los empastes presidenciales son ya, nos guste o no, como de la familia. Día sí, día también, el presi se parte el pecho. No estaba muerto... Seguro que conocen la canción: «no estaba muerto, que estaba de parranda». Pues fue justo lo que le ocurrió a Edison Vicuña, un ecuatoriano que, el otro día, llegó a su casa con una buena tranca y se llevó el susto de su vida cuando se dio cuenta de que había montado un velatorio y que, encima, era el suyo. Ya se imaginan que, si grande fue el susto del tal Edison, el que se llevaron los del velatorio fue descomunal. Estaban velando a un muerto que apareció cantando por la puerta. Tras el primer espanto, las cosas se aclararon. El muerto había aparecido en la morgue dos días después de que Edison desapareciera. Y, como tenía el rostro desfigurado, los familiares, que seguro que tenían a Edison por un baranda, dieron por bueno al fiambre. Pero no estaba muerto, estaba de parranda.