-Eu son José, tanto gusto. Hai que ir dar unha volta, que andar moito polos bares non é bo. Ata logo. Acababa la pequeña historia del día, una historia grande. Seis de la tarde en el café de enfrente al convento de clausura de las Dominicas de Baiona. Podría haberse elegido otro sitio para beber tras achicharrarse en el Monte do Boi (hoy Monte Real), pero tocó aquel bar y, al poco de tomar asiento, se supo que allí era precisamente adonde había que ir. Por la mañana, el recuerdo de Luís el portuguesito y su abuela jugando a los piratas a bordo de la Pinta, sin importarles un pimiento cuanto les rodeaba, sobrevino como una ráfaga en el Club de Yates al reconocer a otra abuela que hace un año tejía patucos en este mismo lugar. La diferencia es que aquí sí importa lo que rodea a cada uno. Una embarazadísima con piernas esculturales, mucha raya marinera (la moda náutica no avanza), un camarero tal cual Indiana Jones, alegrón, una playa a la que en tiempos sólo accedía el «caballero don dinero», según otro empleado; y abajo, los veleros y los de los patinetes, ciclistas marítimos que deben de pasarlo bien pedalea que te pedalea, pero vistos desde arriba son una cosa ridícula, con esa pose de preparación al parto. En la terraza del Parador el ambiente es parecido. Los turistas comparten espacio con los alojados sin llegar a mezclarse. Las Cíes se tocan con la mano, el agua es verdiazul, la muralla da el toque qué bien vivimos protegidos de los nativos, el camarero que viene. -¿Es éste el viejo castillo? -Esto no es nada, vieja sólo es la muralla. Nada nada... Cierto que el edificio, los edificios, son nuevos, pero dentro todo es nobleza. «Hay quien puede y no sabe», dice una señora con voz de carretero. Cuenta que el dinero es relativo: un día fue al Náutico de Palma, «tengo acceso porque soy del de aquí», y estando en el barco al que la habían invitado el propietario accionó un botón y salieron dos palmeras de la popa. «Me quedé con una cara de paleta que debieron de pensar que venía de la aldea más remota; por eso digo, depende». Depende. Mejor pasear por la muralla y el viejo pinar, aunque en el camino, intramuros, aparezca una casa arruinada con ventanas de museo. Mejor seguir hasta encontrar a José el carretero, pegado al vaso, recordando sus quince años, hace mucho tiempo, cuando azuzaba a los bueyes por las cuestas del Monte Real para echar barro y mantener en buen estado el camino al palacio del señor. «Eu traballei alí», dice desde muy lejos. «Ao señor nunca o vin, vivía no palacio, onde agora está a capilla era a casa das monecas, e no outro edificio a Casa dos Leóns. Xa non queda nada, agora é unha granxa de polos».