Ligar en la cuna de la pijería gallega requiere algo más que colocarse unos zapatos altos y escoger la mejor falda de mi fondo de armario
26 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Pasar de Santiago a Sanxenxo en cuestión de movida nocturna es como hacerlo de la Antártida al Sáhara en términos de temperatura, pero una profesional lo es a las duras y a las maduras. El primer cambio es que decido abandonar mis vaqueros de la suerte por una falda, para no desentonar. Para empezar nos vamos a un garito del puerto ¿quién dijo pijo Sanxenxo? Aquí sólo hay un billar y dos pandillas de tíos poco dispuestos a hacer otra cosa que soltar barbaridades y reirse entre ellos, al tiempo que nos miran de reojo. ¿Creerán que es la última moda en ligoteo veraniego? Además, si me pongo falda es para ir directas al local más pijo. Sin embargo, desentonamos. Entro en uno de los locales de galerías del paseo de Silgar y acabo con la moral por los suelos: mis sandalias no son mules de aguja, mi top supera los cinco centímetros de ancho y me he olvidado la sombra de párpados (¡qué fuerte!). Está claro que aquí se concentra una pijería muy rancia. Se trata de ligar, así que pongo toda la carne en el asador. Conclusión: definitivamente, estos chicos son vegetarianos. Tras cruzar un par de miraditas con mi amiga, decidimos que es hora de abandonar el local. Antes de aterrizar en Zoo, la mítica discoteca en la que, como su nombre indica, acaban mezcladas todas las especies, pasamos todavía por otra terraza del paseo de Silgar en la que hay demasiadas pandillas mixtas como para intentar algo. Para variar (son ya años), terminamos en la disco de Portonovo, en donde por cierto han empezado a cobrar ¡ocho euros! por entrar los fines de semana. No importa. Siempre hay una proporción de tres hombres por mujer y se pueden bailar las canciones del verano. Me disponía ya a reconocer el rotundo fracaso y a intentar plasmarlo con la mayor elegancia posible, cuando aparecieron ellos: cuatro madrileños, uno de ellos sólo de adopción, dispuestos a alegrarnos el resto de la noche: el simpático -y algo espontáneo-, el educado -cariñosamente apodado abuelete-, el castizo -insistiendo en ser castellano y traumatizado porque le acababan de dar esquinazo con un «es que eres muy feo»-, y el gallego emigrado, que no necesita presentación. Pese al mal comienzo, la noche no podía terminar mejor. Cuatro encantos que, gracias a Lucía, insistieron en quedar al día siguiente.