Hoy que todos los caminos van a Santiago, no viene mal remontar las fuentes y dar una vuelta por Fonmiñá. El coche de línea circula en dirección simétrica a la del río imaginario de la bandera de Galicia. Sale de Lugo y en dos horas estará bordeando la banda occidental de la ría del Eo, pero antes avanza hacia ese lugar simbólico y real donde los libros de texto y los vecinos de Pastoriza sitúan las primeras aguas del Miño. Los de Meira replicarán, con mucha razón, que el río nacer, nace antes, en los manantiales del Pedregal de Irimia, pero este autobús no pasa por allí. Pasa por una zona despoblada y montañosa. La carretera hace lo que puede, da curvas. Fuera desfilan regatos que no se ven y árboles que los delatan. No hay casas a la vista. El paisaje es una bendición. Pero ocurre un imprevisto. A la vuelta de un recuncho sombrío, justo en el centro de un pequeño prado, aparece un objeto sospechoso de color blanco. Es increíble. Hasta las fuentes del Miño están contaminadas. Un coche-pendello, el esqueleto oxidado de un cuatro latas, decorado con un tejadillo vegetal. Y a trescientos metros un letrero: parroquia de Fonmiñá. Otro mito que cae. Por suerte existe el humor y el azar. En ese instante, suena una voz femenina y extranjera procedente del asiento de atrás, el último del autobús, dice: «¡Qué hermoso, qué bien hicimos viniendo por aquí!» (¿hermoso? menuda fenómena). Es Sasha, una joven mexicana que completó estudios en París, leyó a Paulo Coelho, y quiso ser peregrina antes de volver a América. Acababa de despertarse, no había visto el adefesio y, viniendo de donde venía, la soledad de la sierra de Meira le pareció gloria bendita. Porque Sasha y su amiga Sofía echaron a andar en Pamplona. Y hasta Galicia todo fue bien. Mucha espiritualidad, mucha naturaleza, la noción de las horas que se pierde y todo se convierte en un divagar muy revelador, según dicen. Pero al subir al Cebreiro se encontraron con una sorpresa. La ruta estaba tomada por los autobuses, por peregrinos escandalosos amigos de la juerga (los horarios de sueño y silencio son sagrados en el Camino), por los numerosos sprinters , que hay que llegar el 25 a Santiago, que hay que llegar pronto al albergue, que hay que coger litera antes que nadie, turno para lavar, mesa para comer, que hay que llegar. Sasha y Sofía llegaron a Portomarín. Seiscientos kilómetros recorridos. Y no pudieron más. Se les hizo insoportable el barullo, cogieron un autobús a Lugo y allí embarcaron en este, que ya entra en Ribadeo. Se van las mexicanas por la ruta del norte, tranquilamente, dejando pasar el 25, ultreia, ultreia . En Ribadeo hay luna llena. Buena señal. La siguiente llega en forma de refrán: «Castropol, corral de vacas; As Figueiras, de cabritos; A Veiga, de folgazais; Ribadeo, de señoritos». Y algo de cierto debe de haber en el dicho, que intenta poner en su sitio a los cuatro pueblos que comparten la ría. Porque más allá del histórico abolengo de esta villa gallega, las voces de la calle siguen hablando de las grandes fortunas, de los miembros de la beautiful que deslumbraron en Madrid, de la inteligencia y el marquesado de Leopoldo Calvo Sotelo, del velero de Rafael del Pino, de su aeropuerto, de su chalé, de la viuda de don Camilo. Pero el pueblo de Ribadeo también habla en voz baja de numerosas apariencias y artificios, muy distintos a los que ayer se pudieron contemplar en la fachada catedralicia del Obradoiro. Habrá que estar a la escucha.