Medianoche del miércoles, 25 de julio. Luna llena. Calor pegajoso. Más de 30.000 personas reunidas en el auditorio de Castrelos. Oasis actúa sobre el escenario. Pero una cosa es lo que se cuece allá arriba y otra lo que se rumia entre el público, aquí abajo. Desde arriba, Liam, autosantificado como el dios de la pandereta, podría (o no), imaginarse que mientras unos le aman, otros le odian. Le odian, pero pagan para ello. Mientras que el macarra de Manchester sale de allí con el ego intacto (sino subido, y un montón más de pasta para su cuenta corriente). Lo que tiene Oasis, lo que les convierte en un fenómeno de masas, es precisamente lo poco que parece importarles lo que piensen de ellos. Es más, les encanta provocar. Aunque en su concierto en Vigo se portaron tan bien que se merecieron postre en vez de un par de leches. Y lo que también tiene Oasis, que la mayor parte de los grupos de éxito han perdido, es la capacidad de fascinar como sea, aunque sea con pose chulesca de divo pasado de rosca, la de Liam, mientras Noel aguanta mecha a su sombra. La audiencia alucinó más que con las canciones, que también, con que los hermanos Gallagher se mostrasen tan educaditos como alumnos de Oxford, dando las gracias varias veces, saludando a la ciudad o dedicando una canción a Portugal. Sobre las miles de cabezas congregadas ondearon pancartas y banderas británicas, portuguesas y gallegas. Durante el concierto el público pareció disfrutar (aunque ni se dieran cuenta de que al grupo le fallaron en algún momento los pregrabados). Y en los alrededores el ambiente continuó mucho tiempo después de que los Oasis decidieran que ya teníamos bastante. Atrevidos, los músicos salieron en una furgoneta sin cristales tintados ni otras pijadas, atravesando el parque a cara descubierta. Y los fans más trogloditas casi rompen a puñetazos la chapa para alcanzar el interior (no se sabe si para partirles la cara o para comerles a besos). En el recinto quedaron los vendedores de camisetas con las rebajas. Por el camino, algunos decepcionados (o quizás fans de Blur), coreaban «hijos de puta, muerte a Oasis». Pues sólo era un concierto.