El marqués de la Ría de Ribadeo dedicó las últimas horas de la mañana a pasear por la villa del brazo de su señora. Iban amarraditos los dos y, como en la canción, también murmullaban los vecinos, los amigos y el alcalde. Había motivos. Si el que fue el presidente del Gobierno más inteligente que ha tenido España, según la última clasificación de Adolfo Suárez, volviese la vista atrás, vería la imagen congelada de un pueblo que aún no se ha acostumbrado a tan ilustres paisanos. Todo quisque convertido en estatua, como jugando al escondite inglés, mar por medio, of course , para no perder detalle del tránsito de los paseantes. A pesar de la hora, la niebla aún no se había levantado y al otro lado de la ría apenas se distinguían la torre de Castropol (corral de vacas) y los astilleros de Figueras (corral de cabritos). Pero todos los de Ribadeo (señoritos) sabían que algo se estaba cociendo en la margen asturiana: estudiosos e iletrados al asalto de los archivos locales, embebidos en la apasionante tarea de desempolvar legajos en busca de documentos que acrediten la denominación histórica de esta zona. Y es que los de enfrente andan algo molestos. No porque el Rey le haya concedido un marquesado a don Leopoldo, al que aprecian, que alguna carretera les hizo y algún puente también, sino porque este título no es fiel a la forma que durante siglos ha garantizado la concordia y que no es otra que Ría del Eo, a secas. ¿A qué viene, pues, ese Marquesado de la Ría de Ribadeo? En fin, las suspicacias de la soberanía compartida. Éste y otros chismes animan un julio gris, tormentoso y decadente. Si al menos viniese Marina... claro que nadie se enteraría. Porque aquí también se habla de las visitas de la otra marquesa, la viuda de Iria Flavia, a la fabulosa finca de Rafael del Pino, el hombre de Ferrovial, la tercera fortuna de España, el octogenario pirrado por los céspedes, las estrellas y la navegación. Ahora se dedica dar la vuelta al mundo a bordo de un velero tan grande y lujoso que no puede ser real. Pero lo es, hay testigos. Tan real como el aeropuerto que mandó construir en las praderas de A Mariña para poder aterrizar al ladito de casa en su soberbio reactor. Tan real como el antiguo sentido del ahorro del que hace gala el patriarca si es cierto el cuento que circula por los bares de Porcillán. Dice así: fue un día don Rafael a comprar un telescopio a la óptica local y, habiendo preguntado el precio del instrumento, el vendedor le contestó que 15.000. Carísimo le pareció, y así lo dijo, que un amigo suyo podría enviárselo del extranjero por menos de 12.000. Que una cosa es ser millonario y otra distinta un derrochón. Sin cambios La frivolidad mitiga la nostalgia de otros veranos. Poca diferencia hay entre el Ribadeo de ayer y el de cualquier tarde de mayo. Hay turistas de paso: recorren la ría en barca al precio de tres euros y medio, suben las cuestas guiados por la torre de los Moreno, aquellos indianos avanzados que construyeron este rechamante pazo modernista, provisto de ascensor y de un curioso sistema de recogida de basura a través de conductos internos; y siguen callejeando por un casco antiguo tan hermoso como echado a perder. A los de Madrid, los de toda la vida, hijos y nietos de ribadenses que hoy disfrutan de una holgada posición en la villa y corte, se les espera en agosto. Entonces, el paseo marítimo, las ruelas antiguas, los veleros de la ría, acogerán el ritual de los saludos, los pellizcos a los niños, que cómo han crecido desde la última vez que nos vimos. Hasta ese momento, y mientras el anticiclón siga empeñado en no moverse de sitio, la noble Ribadeo se mantendrá en sus hábitos de invierno. Y en sus conversaciones de siempre. Sus vecinos seguirán saliendo de vinos, seguirán recibiendo a los huéspedes como reyes y seguirán queriendo arreglar el mundo; al menos, el micromundo de un pueblo que se dirige a no se sabe dónde. Convertido en el centro comercial, de copas y negocios de toda A Mariña y el occidente asturiano, con pisos de noventa metros cuadrados a 16 millones de pesetas, apartamentos para agosto a 200.000, y tiendas que ya quisieran los de Serrano, Ribadeo corre el riesgo, según sus vecinos más críticos, de sucumbir en un mar de artificio, de sueldos míseros, apariencias y la renuncia de sus jóvenes a permanecer en un lugar que, de momento, poco les puede dar.