acismo y esclavitud. Dos palabras para un problema con la misma raíz: la intolerancia. Dos palabras y dos rostros que encierran la misma y trágica realidad. Lorraine Nesane y Helen Hongbedj alzaron su voz y se expusieron a cara descubierta para denunciar al mundo el drama que han vivido. Lorraine, sudafricana, de 15 años, lo hizo ayer en Durban en la Conferencia Mundial contra el racismo, en la sala 4, la destinada a los excluidos. Lorraine lloró y emocionó. Entre lágrimas contó como, inocentemente, un mal día se paró en medio del escaparate de una tienda en Johanesburgo. Fue su pecado, más que suficiente para que el dueño del local y su ayudante la tomaran por una ladrona. Y no repararon en el castigo: la pintaron de blanco desde la cabeza hasta la cintura. Lorraine había quedado marcada. Helen Houngbedj, nigeriana, de 12 años, no acudió a Durban, pero su testimonio lo llevó la ONG Antiesclavista, con sede en Londres. Su culpa: haber nacido en la más absoluta pobreza; su condena: la esclavitud. Con tan sólo seis años, su familia la vendió a un traficante de esclavos para pagar una deuda. Trabajó a destajo, hasta el límite de un cuerpo aún no desarrollado, y bajo la amenaza del latigo en los momentos de flaqueza. Así vivió durante casi seis años. Hasta que consiguió escapar. Helen puede contarlo, pero no así los veintisiete millones de personas que hoy en día viven como esclavos en todo el mundo. En Durban hacen oídos sordos.