Al acosado, inicialmente, le suele costar creer lo que le sucede. A veces sufre la situación porque resulta amenazante al superior, por su envidiable capacidad de trabajo o por su buena relación social; también porque aparentemente parezca débil. Otras veces, la persecución se debe a que se busca que se vaya de la empresa y que no exista un despido. E incluso el acoso moral es una forma errónea de pensar que su productividad pueda ser mayor, sostiene el neurólogo Javier Vadillo, directivo de la asociación SOS Acoso. El acosado, al buscar ayuda, suele encontrarse con que le tildan de paranoico, de ser una persona que se inventa lo que le sucede, «porque es muy difícil conseguir pruebas para demostrarlo. Judicialmente, no existe en España la figura del acoso moral en el trabajo». En la UE se ha puesto en marcha un comité para elaborar una directiva que lo evite. Suecia, Holanda o Inglaterra ya disponen de normas específicas. En Francia se debate la Ley de Modernización Social, que contempla penas de prisión y multas para quien se demuestre que acosa en el trabajo. España empieza a abordarlo ahora en serio. Vadillo señala como prioridad que exista legislación para que los jueces puedan ampararse en la vista de estos casos y lograr que el problema se considere como una enfermedad profesional. Asociacionismo «Existe alguna sentencia en España que valora los trastornos psiquiátricos en relación con el trabajo como accidente laboral. Es un primer paso importante», indica el experto. Las asociaciones existentes, y la que se forma en Galicia -con implicación de médicos, docentes, técnicos y funcionarios-, buscan ayudar a quienes sufren el problema. Y les preocupa prevenir estas situaciones informando a empresarios o escuelas «para evitar sus graves consecuencias, sobre todo el suicidio y la destrucción de la vida familiar».