PILAR VEGAS TESTIGO DIRECTO Domingo Pedreira, médico que atendió los primeros casos
04 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.QUELLA primavera del 81, España acababa de superar el susto del 23-F y se alegraba del final feliz del secuestro del futbolista Quini. Pero la población estaba nerviosa. Una extraña enfermedad amenazaba y mataba a la población de forma indiscriminada. Lo llamaron «neumonía atípica». Después, resultó ser una intoxicación masiva con aceite de colza. Entonces, en España nadie se preocupaba de otra enfermedad que se acababa de conocer y que hoy, veinte años después, se ha cobrado más de 22 millones de vidas. «Aquí nos enteramos del descubrimiento en el mes de diciembre. La revista The new English journal of medicine publicó el descubrimiento de Atlanta», recuerda el doctor José Domingo Pedreira, hoy jefe de servicio de enfermedades infecciosas del Hospital Juan Canalejo de A Coruña. Aquel año trabajaba en el hospital de Vall de Hebrón de Barcelona y recuerda que todos los médicos comentaron el hallazgo americano, pero creyeron que tardaría en llegar a Europa. «Curiosamente sólo unos meses después se diagnosticó en ese hospital uno de los primeros casos de España». El primero que Pedreira vio en Galicia fue en 1984. Era un toxicómano. Tenía tuberculosis abdominal, una dolencia poco habitual. «Los médicos hablamos de que podía ser sida, pero con escepticismo». Nunca habían tratado un caso en directo y los criterios de la enfermedad aún no estaban claros. Después del primer ingreso, el chico volvió con una neumonía. «Los análisis que enviamos a Madrid nos lo confirmaron». «Entonces yo no creí que fuera a ser para tanto», comenta José Domingo Pedreira y él mismo se asusta de las dimensiones que ha llegado a tomar. «La palabra, no es temor, más bien sentíamos angustia». Los dos casos al año que se diagnosticaban en el hospital Juan Canalejo a finales de los 80 se convirtieron en poco tiempo en casi cien y sabían que en el resto de España y de Europa estaba pasando lo mismo. «Era terrible. Se nos morían», comenta con dolor. «Cuando conseguías que un paciente mejorara de una infección oportunista, neumonía, por ejemplo, cogía otra, agravaba y moría. Era terrible. Tenías que ver como chicos jóvenes vivían seis meses como mucho. Y no podíamos hacer nada». Hoy Pedreira se alegra de lo que ha conseguido la medicina y de la concienciación social, que parece que ya se da cuenta que casi toda la sociedad se expone al virus. Aún cree que el peligro no ha pasado porque sigue matando. «Lo peor es que, como en los accidente de tráfico, mucha gente cree que a mí no me puede pasar», se lamenta.