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RODRIGO MORENO EN DIRECTO

21 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

«No está bien que los cardenales se reúnan sólo cuando no hay Papa», dijo el otro día Paul Popuard, una especie de ministro de cultura del Vaticano. Aunque algunos han llamado a esta asamblea precónclave, no hay que olvidar que Wojtyla ha sido un hombre de gestos, de llamativas innovaciones hacia fuera. Igual que sus viajes y su abrazos ecuménicos, ha mostrado dos caras: hacia afuera, dialogante y abierta con la juventud y la cultura; y hacia dentro, más real, donde el autoritarismo férreo y la defensa de la ortodoxia mostraban su verdadero rostro inaccesible al diálogo con el mundo y que de hecho ha impedido los auténticos avances ecuménicos. Descentralización Mucho me temo que este magna cumbre de purpurados, en la que entran los cardenales incapacitados por la edad para elegir papa, sea más de lo mismo. Seguramente Juan Pablo II dejará hablar a su corte o senado de los problemas que la carta apostólica Novo Millenio Ineunte, interrogan a la Iglesia: el ecumenismo de los cristianos, la petición de perdón, la evangelización ante la nueva era, la solidaridad y los medios de comunicación. Pero, sobre todo, la gran asignatura pendiente: ¿Qué pintan en el gobierno de Roma los cardenales y obispos? ¿Se puede hablar realmente de colegialidad, cuando las conferencias episcopales han sido minimizadas jurídicamente? Lo más probable es que la historia se repita. Como en los sínodos, el Papa y su curia recibirá estoicamente la lluvia de intervenciones para luego seguir haciendo lo mismo: gobernar impositivamente desde el centralismo. Y seguirán siendo tabúes temas como la autoridad infalible del Papa, la democracia interna, la moral sexual, el celibato de los sacerdotes o la ordenación de mujeres.