Amor, honor y orgullo en la selectividad
SELECTIVIDAD
Acaba la selectividad y con ella una duda. El niño de un año que no andaba, que no te miraba, no respondía a estímulos y se pensó que podía ser sordo por su total falta de reacciones, que aleteaba y pegaba, el niño para el que un avance natural en cualquier crío iba tarde y suponía un esfuerzo titánico, va a ser ingeniero.
Recuerdo, como si fuese ayer, el camino al neuropediatra empujando el carrito de bebé por una cuesta. La gravedad no se oponía tanto como yo a ir a aquella cita. «¿Y qué es un trastorno de espectro autista?» «Es un cajón de sastre. Tu hijo es tan pequeño que aún no sabemos su alcance. Desde un retraso muy severo, hasta algunas peculiaridades». ¡Ay, la duda! ¡Como si fuesen pocas las incertidumbres ante cualquier hijo!
Han pasado 17 años y estamos a las puertas de la facultad inundados de orgullo. ¡Cuánto hemos luchado! Los padres, sí, pero también la psicóloga a la que exigí ver su currículo el primer día de consulta porque era demasiado joven y luego nos acompañó 15 años; el neuropediatra jubilado que aconsejaba como un padre y el que estaba en la cumbre de su carrera y soltaba implacable verdades que herían; los profesores que nos ayudaron a llenar el viejo colegio de pictogramas que ya se han quedado para todos los que han venido detrás; los abuelos de paciencia infinita invitando a probar cada nueva comida; los tíos y los amigos que han recorrido el camino con nosotros; la hermanísima que se erigió en feroz guardiana y protectora. Y, por supuesto, el interesado, que ha peleado como un jabato contra sí mismo cada vez que le decíamos, ante el rechazo extremo a cualquier cosa nueva: «Sabes que es tu TEA. Tú eres más listo y más fuerte que tu TEA. Puedes hacerlo».
Dar un mordisco a un sándwich parece algo trivial hasta que ves a alguien sudando, con tanta aversión y angustia como valor, venciendo a todos sus instintos que le dicen que no lo haga. Y aún así, va y lo hace.
Podría hablar de las trabas, de esa mayoría de padres que se pone lazos de colores y participa en fiestas de diversidad pero a partir de los 7 u 8 años nunca vuelven a invitar a los diferentes a un cumpleaños. Podría hablar de las instituciones que, por no ayudar, no tienen ni protocolos para casos que se dan todos los días y dejan solos a los padres para que reinventen la rueda dentro de lo que sus medios y capacidad les permitan. Podría hablar también de algunos profesores que jamás debieron serlo. De leyes que son, una y otra vez, un palo en las ruedas. De un sistema educativo aberrante. Pero de eso quizá escriba otro día. Porque hoy es un día de júbilo y quiero dirigirme a los familiares de niños pequeños que no andan, no miran, no responden a estímulos y sobre los que se cierne la duda: ¡Luchad! No lamentéis nada, ni un minuto, ni un euro, ni tener que hacer otra vez un trámite más. Luchad porque es por vuestros hijos y nada importa tanto. Luchad porque es lo mejor y más importante que haréis en la vida. Luchad porque la lucha en sí misma es el famoso camino a Ítaca de Cavafis, es la vida, y una vida que tiene un sentido profundo y verdadero.
En medio de tantas vidas vacías, el destino nos ha dado una misión que sí merece la pena.
Luchad, madres y padres de niños distintos, y apoyaos entre vosotros y entre la buena gente, que también abunda.
Como en cada lucha justa, nada está ganado de antemano. Todo será difícil, el camino es largo y puede que perdamos la batalla. Pero nos mueve lo que ha movido siempre al ser humano a darlo todo y a luchar hasta el final: el amor, el honor, el orgullo y la esperanza.