Imperdonable titulitis


Justo ahora que los padres estamos afrontando el mes más duro, emocional y económicamente hablando, por la responsabilidad de dar a nuestros hijos una formación que les permita encarrilar sus vidas, asistimos con vergüenza ajena (al menos, el que esto firma) a una disparatada opereta política en la que descubrimos cuan fácil es para algunos avalar su presunta capacidad por medio de cuestionables másteres y otros títulos expedidos por universidades, esas instituciones que uno siempre situó en el ránking del máximo respeto, creyendo en su rigurosidad, la misma que se convirtió en un muro infranqueable, denominado selectividad, cuando intentó acceder a ella.

Si parecía que quedaba algo alejado del lodazal en el que se ha convertido la política de este país, lo que estamos viendo es que nada se salva de las triquiñuelas de nuestros representantes públicos, pero no tiene perdón que suceda esto cuando muchas familias acaban de vivir (o siguen viviendo) semanas de angustia compartida con sus hijos a los que no les llegó la nota para acceder a una facultad cercana y se ven obligados a alejarse más de sus hogares para encontrar una plaza donde formarse, multiplicando costes y esfuerzos.

No, no tiene perdón que las trampas pongan en entredicho a las universidades, ya no solo por el desprestigio que supone a nivel doméstico, en nuestro país, sino internacionalmente, por eso, por el esfuerzo que tienen que soportar las familias, por el mal trago que pasan los chavales que se quedan a unas décimas de entrar en su universidad más cercana, e incluso por la vergüenza que debería tener la clase política. La polémica de la titulitis debería zanjarse con luz y taquígrafos y con la adopción de responsabilidades, tanto de quienes se beneficiaron de las trampas como de aquellos que las pusieron en marcha, solo así se restablecerá el buen nombre de esas instituciones, algunas de las cuales levantan auténticos muros a quienes quieren hacer una carrera, y, por el contrario, está demostrado que ponen la alfombra roja para que los tramposos ni siquiera comparezcan o, lo que es peor, realicen sus trabajos copiando o plagiando burdamente publicaciones colgadas en la web.

En la historia reciente de nuestro país, las universidades jugaron un papel fundamental en la consecución de libertades y bienestar, y uno cree que tienen mucho que decir para conseguir una necesaria regeneración de la que adolecemos por la insensatez de aquellos a los que hemos dado la confianza para que nos dirijan. Bien es verdad que generalizar es incurrir en una cierta injusticia, pero la desconfianza se propaga como el fuego en la gasolina, por eso hay que actuar.

Por Moncho Ares CIUDADANA

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