Nuestra selectividad es kafkiana. Determinadas carreras están reservadas para alumnos con medias estratosféricas, pero que en muchos casos carecen de la más mínima vocación para cursarlas. Van a la carrera X o Y porque les da la nota para ello, y el matricularse en ella es un signo de prestigio social. Por el contrario, no hacerlo sería una muestra inequívoca de desdén que numerosos papás no perdonarían. Tantos años estudiando para al final ser licenciado o grado en Z, pudiendo serlo en X o Y. En muchos casos la carrera a la que aspiran los progenitores es mucho más fácil que la pretendida por el vástago, pero eso no importa. El prestigio es el prestigio, y el que tenga vocación, y no tenga plaza en la pública, que se vaya a la privada. Y si no tiene medios, pues ajo y agua. La solución es fácil. Una vez superado el bachillerato, todos los que aspiren a ingresar en una facultad, que compitan entre ellos por las plazas que puedan existir. Un examen por carrera partiendo todos de cero. Se valoraría la vocación, y no se darían los agravios comparativos sobre quienes estudiaron en un instituto y se tuvieron que esforzar lo indecible para sacar una nota con la que competir con los de la privada, ya sea colegio de chicos o de chicas, que obtuvieron un 9 de nota media sin despeinarse.