Uno armonía, otro contraste

Marta Vázquez Fernández
M. vázquez OURENSE / LA VOZ

SELECTIVIDAD

Luis Bóveda Iglesias y Rafael Bóveda Fuentes.

Edades

Ambos son pintores y decoradores y trabajan en el mismo negocio.

eduardo.olano@gmail.com

Comparten apellido, profesión y empresa. Pero cada uno tiene su estilo y eso es, quizás, lo que aporte un especial valor añadido al negocio familiar. Luis Bóveda y su hijo Rafael han hecho de la decoración su oficio y trabajan juntos desde que el vástago decidió seguir los padres del progenitor, pero está claro que el camino que ambos recorrieron hasta llegar a donde están ha sido radicalmente distinto.

Luis tiene muy fresca la memoria y empieza relatando que comenzó a trabajar a los 13 años. «Éramos una familia humilde y había que echar una mano en casa», recuerda. Primero como electricista, después colocando rótulos... así pasó unos años hasta que su padre, que trabajaba como pintor convenció a su jefe para que lo contratase también a él. «Yo tenía buenas manos y buenas ideas. A los 15 años ya era tan buen oficial como mi padre e incluso ganaba más dinero que él», recuerda orgulloso. Aún recuerda, pese a todo, que tuvo que dejar a un lado su deseo de ser técnico de televisores. «Entonces no existía esa profesión», explica.

Poco a poco, y con talento y empeño, se fue haciendo un hueco y llegó a montar su propia empresa. Por ahora la continuidad está asegurada con la segunda generación, aunque habría que reconocer que sucedió casi por casualidad.

Y es que Rafael, uno de los hijos de Luis, en realidad no quería ser decorador. Hizo sus estudios en el colegio y el instituto y se presentó a las pruebas de Selectividad, porque su vocación era la de ser informático. O al menos su intención. Aprobó las pruebas de acceso a la universidad pero como no tenía plaza en su carrera, empezó a trabajar con el padre y terminó aficionándose. De por vida.

Eso sí, para llegar a donde está hoy tuvo que pasar por un largo período de aprendizaje en el que ser el hijo del jefe no le facilitó las cosas. «Aquí me trataban como uno más, yo aprendí el oficio como si no fuera hijo del jefe, era un pinche más y hacía de todo», asegura.

Independencia

En cuanto a las relaciones entre padre e hijo, la mera observación de ambos mientras están juntos evidencia que son buenas, aunque no niegan que cada uno tiene su forma de pensar. Y de trabajar.

«Donde uno mete la nariz, no la mete el otro», ratifican ambos. Esa personal forma de ver las cosas y de afrontar los proyectos que se les presentan hace que cada uno tenga incluso su propia clientela. «Yo soy más atrevido pero él lo era cuando tenía mi edad», asegura el hijo, constatando que «en el fondo yo creo que somos iguales, pero en distintas épocas».

El padre también opina sobre las aptitudes de cada uno. «A mi me gusta decorar más en armonía, mientras que a él le van más los contrastes», explica.

En todo caso, el complemento de ambos parece perfecto porque el negocio se mantiene a flote, muchos años después y pese a la situación económica actual. Se nota que a Luis y a Rafael el trabajo que hacen les llena. «Esto para nosotros es una carrera universitaria que dura toda la vida, nunca dejamos de aprender cosas nuevas».