LUIS PAZ MARIÑAS
30 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.El incremento de la nota media necesaria para acceder a las titulaciones con límite de plazas constituye un síntoma evidente del grado de estancamiento al que ha llegado la Universidad española. La enseñanza superior, que debería ser la primera en promover la innovación, la investigación y la capacidad de respuesta a los cambios sociales, se mira complacida el ombligo y zozobra incapaz de reconocer una verdad bien simple: la mayor parte de las ideas, como los alimentos, nacen con fecha de caducidad. Hace tiempo que la selectividad dejó de ser un producto saludable, pero nadie se decide a arrojarla de una vez al cubo de la basura. Cabe aceptar que, en su momento, haya sido una buena idea el crear un examen de acceso a la Universidad, encargado de garantizar unos conocimientos mínimos. Y, forzando un poco la interpretación, puede hasta admitirse que la nota de ese ejercicio sea tenida en cuenta a la hora de permitir o no el acceso a ciertas carreras. Pero dar por buena una realidad en la que sólo puede optar a determinados estudios quien obtiene un resultado de 9,3 sobre 10 en la dichosa prueba equivale a admitir que el sinsentido de casar como sea culos y pupitres ha sustituido a la lógica que debe ordenar un sistema de enseñanza. En poco tiempo habremos de prepararnos para admitir que a ciertas facultades sólo podrán acceder alumnos con una media de 10. Que, por cierto, ya no es tanto una media como la cifra exacta de la perfección. Pero, como seguirá existiendo la limitación, se acabará produciendo la paradoja de que alumnos con esa nota máxima tampoco tengan garantizada la matrícula. A lo mejor, lo más sensato es montar un Gran Licenciado, con todos los aspirantes encerrados dentro de la facultad para que los espectadores decidan en votación telefónica quién obtiene el preciado premio de poder estudiar lo que quiere. O quizá tengamos que dejar que sean los propios universitarios los que resuelvan el problema. Al fin y al cabo, se les va a exigir a todos ellos que sean niños prodigio, algo que no ha podido decirse nunca de los responsables de la política educativa en este país.