Argelia y las virales gallinas de Santiso con chalecos reflectantes

La vecina de la aldea de Carballido dice que le sorprendió la repercusión televisiva


Santiago / La Voz

«O do chaleco para as galiñas é coma poñerlle unha garabata a un corvo... é algo que nunca se viu», dice Argelia. La vecina de Santiso se toma con humor la trascendencia que tuvo su aparición en televisión junto a sus aves de corral vestidas con chalecos reflectantes. «Tivo moita graza», dice desde la aldea de Carballido, en la parroquia de Pezobre. Hasta allí se desplazaba el reportero David Valverde, del programa Fun polo aire (TVG), para «coñecer as pitas máis rechamantes de Galicia».

La semana pasada, se hacían eco también en otro espacio de la televisión pública autonómica (A Revista) y hasta en la mesa de Zapeando (La Sexta). Argelia explica que hasta Suiza llegó la noticia y un primo suyo que vive allí se puso en contacto tras recibir el vídeo viralizado. «Fixo máis chiste fóra de aquí, porque na zona practicamente todos temos galiñas e non nos chama a atención», apunta la mujer de 78 años con nombre de país africano. «Púxomo un tío de Bos Aires», cuenta con desparpajo y sin perder la sonrisa la sobrina, quien también emigró a Suiza en el año 69 y regresó en el 75. Bien podría haberle hecho ella misma los chalecos amarillos fosforito y rojos a las gallinas, tras 65 años dedicados a la costura, pero no fue el caso.

Argelia, vecina de Santiso, con una de sus gallinas con chalecos reflectantes
Argelia, vecina de Santiso, con una de sus gallinas con chalecos reflectantes

La idea de vestir a sus gallinas con esta curiosa prenda, confiesa, partió de la productora audiovisual, con la que ya había colaborado con anterioridad. No obstante, asegura que no le parece mala idea. «Así poden andar por fóra máis quentiñas e vexo por onde van para que non me desaparezan... Por poñer, habíalles que poñer ata unha serea na cabeza», comenta entre risas después de perder en el último año más de la mitad de sus gallinas. «Tería unhas vinte e quédanme sete. Aquí os raposos atacan ata polo día, non teñen medo ningún», añade Argelia.

¿Si es difícil poner un chaleco a una gallina? «Para nada, que as teño domesticadas... é o que teño que facer», contesta esta jubilada dispuesta a apuntarse a un bombardeo y con un buen ánimo envidiable. «Xa chegan con todas as cousas malas que suceden como para poñerse de mal humor. Eu dor non teño, e tendo saúde, que é o importante, non hai problemas», regala como lección de vida la vecina de Santiso, conocida también por sus filloas extra grandes. «Fágoas nun disco de camión, enriba da cociña de ferro. Poden ter uns 40 ou 50 centímetros e iso si que foi cousa miña», agrega mientras bromea sobre el premio que recibirá por su salto a la fama.

«Vendemos tres millones de docenas de huevos y gestionamos 190.000 gallinas»

Sofía Vázquez

La empresaria Nuria Varela-Portas de Orduña, gerente de Pazo de Vilane, apostó por Galicia para vivir

Es esquemática tanto en sus explicaciones como en algunas de sus respuestas. Si con un «sí» o con un «no» es suficiente, no se explaya, pero tampoco deja cabo suelto. De trato amable, Nuria Varela-Portas de Orduña es gerente de Pazo de Vilane, una explotación localizada en la provincia de Lugo que «ahora mismo gestiona 190.000 gallinas y el año pasado vendió tres millones de docenas de huevos». La empresaria corre de reunión en reunión.

-¿Siempre está súper agobiada?

-[Risas] No, estoy súper ocupada, pero agobiada no. Procuro gestionar mis emociones.

-¿Cómo nació el proyecto?

-De una iniciativa familiar. Mi padre, mi madre, mis hermanos tenemos el deseo de mantener el patrimonio histórico y agrícola en nuestras manos y vivo. Venimos de una familia que era hereditaria de un pazo y sus fincas, y claro, en el devenir de la historia, estas construcciones pierden un poco su sentido como núcleos de producción agrícola y ganadera y en los años setenta hubo un éxodo de las familias burguesas a la ciudad y los pazos se abandonaron. En esos años, coincidiendo con la crisis del petróleo, nos fuimos a Madrid. En este pazo la generación de mi padre no vivió, pero sí era un sitio de reencuentro familiar. La última persona que lo ocupó de continuo fue mi tatarabuelo; y a partir de los años noventa, mis padres y yo; y ahora yo.

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