De la polémica creada por la monumental hilera de gárgolas de la fachada del Hostal dos Reis Católicos cruelmente empaladas con tubos de cobre de longitud maxi para alejar el agua de los balcones de piedra del noble edificio cabe extraer dos conclusiones inmediatas: la plausible sensibilización de los ciudadanos sobre el cuidado del legado histórico de Compostela —cosa que no debería darse por supuesta pese al título de patrimonio de la humanidad, que compete y enorgullece a todos los santiagueses— y la permisividad sorprendente de las administraciones con una intervención que es responsabilidad última de otra administración, la central, toda vez que el Hostal es el emblema de la red de Paradores, enmarcada en Turespaña y, por tanto, en el Ministerio de Industria y Turismo. Vaya por delante que el problema de las gárgolas no debe empañar una intervención de tanto alcance como la que pondrá al día el edificio, la más importante de su historia, con una inversión de 36 millones de euros, de los que 12,6 provienen de fondos europeos. Ahora bien, algo ha fallado con el despiadado trato dado a las gárgolas, un elemento arquitectónico al que no se le ha reconocido aún todo el protagonismo que tiene y merece en una ciudad, como la capital gallega, donde la lluvia es arte. En el casco histórico hay omnipresencia de gárgolas, que impregnan de valor monumental una labor utilitaria como es el desagüe de tanta pluviosidad. A ningún arquitecto de los que han construido la Compostela monumental se le habría ocurrido el disparate que daña la vista en la Praza do Obradoiro, y las gárgolas entubadas que hay en otros edificios históricos, incluida la catedral, los disimulan bastante bien, sobre todo porque no se trata, como en el Hostal, de un batallón de esculturas alineadas prestas a disparar sus obuses de lluvia sobre las personas privilegiadas que pueden contemplar la magnífica panorámica de la plaza y la fachada de la basílica desde los balcones. Patrimonio de la Xunta y la comisión municipal de Patrimonio da Cidade Histórica debieron estar más atentas antes de dar el visto bueno a este punto del proyecto, pese a que conste en el plan director del edificio. Por mucho menos, son «empalados» los propietarios que cometen algún desliz en sus viviendas.