Conocí a Ovidio Rodeiro muy poco antes de que fuera nombrado director xeral de Xuventude. Nunca fuimos amigos ni salimos a comer o cenar con las familias, aunque nuestra relación siempre excedió la mera cordialidad. Me gustó su manera de trabajar, silenciosa, sin ostentaciones, eficaz. No compartí -¡por supuesto!- todas las acciones que impulsó en los seis años largos en que estuvo en ese puesto, pero no se puede negar que cuando se fue dejó una gestión que no resulta injusto calificar de excelente.
Se fue para presentarse a las elecciones municipales en Boqueixón, su municipio, y sus conciudadanos le dieron el plácet vía urnas. Y desde el primer día impuso un estilo nuevo y refrescante, abierto y comunicativo. Su presencia en Facebook es constante, hartándose a colgar fotos y a explicar qué hace y el porqué. Llevado por la funesta moda de la hispertransparencia, llegó a poner una foto de su nómina preguntándole a sus amigos en esa red social si les parecía mucho o poco. Discrepo de tal curiosa iniciativa.
Recién llegado a la nueva responsabilidad me dijo que una de sus preocupaciones constantes iba a ser el Pico Sacro, ese sagrado tesoro colonizadas sus laderas por miles de eucaliptos que ocultan su magia y su historia. Ahí tiene trabajo para rato, empezando porque se va a topar con el minifundismo territorial y mental.
Ignoro si Rodeiro es buen alcalde o no. Eso lo dirán los votantes dentro de tres años. Lo que sí aseguro es que si otros alcaldes de la comarca tuvieran su descaro, osadía e interés, algo mejor irían sus municipios. Porque de todo y de todos se aprende. Excepto que empecemos con la monserga de catalogar las acciones de gobierno según el color político de sus protagonistas, claro.