Fray Tomás, cuya labor al frente de Conxo desgranaba este periódico hace unos días, debe de ser un tipo raro, sea dicho con todos los respetos que merece cualquiera. Si uno lee sus esfuerzos, trabajos y logros piensa que se encuentra ante un reverendo anglicano o simplemente protestante, porque en esas tierras donde el catolicismo desempeña un papel minoritario la Iglesia mayoritaria es el centro de mil y una cosas más que la mera liturgia. Está implicada en la sociedad que la rodea, en las familias, y tanto organiza una feria de plantas como dentro de un templo dispone de una zona donde los niños andan a su aire jugando.
En algunos edificios ante cuya puerta pasa el Camino de Santiago incluso han construido un pequeño albergue al lado de los bancos. Con independencia de que uno sea o deje de ser religioso, el crear comunidad como está sucediendo en Conxo es positivo para el tejido social, en un país como este donde somos demócratas mientras ganen los nuestros, injuriamos a los que piensan de otra forma y creemos en las verdades absolutas si coinciden con las que cada uno tiene por tales.
Bibliotecas e iglesias se convierten en puntos de encuentro en esos países lejanos y más fríos que este. Y en unas y en otras la conversación fluye, mientras en nuestra catedral se escucha una voz que parece de ultratumba pidiendo silencio máximo aunque no se esté desarrollando acto ninguno. Si fray Tomás logra que la iglesia de Conxo sea bulliciosa —en el mejor de los sentidos— habrá conseguido un cambio radical en la manera de entender esos espacios y esos encuentros. Igual hasta convierte la parroquia compostelana en la vanguardia española en ese sentido.