La tercera acepción en el diccionario de la palabra ocio reza que es «diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas». Las anteriores se refieren al tiempo libre y a la ausencia de trabajo. Así que eso de ocio nocturno queda lejos de ser una obra de ingenio. Es más, en este país el tal ocio nocturno se ha asimilado a una parte importante de la vida y, en algunos casos, a un derecho, sobre todo en edades tempranas. Y de eso sabe mucho Santiago.
Por suerte este es un país donde se vive tirando la casa por la ventana, con un nivel de gasto que no pueden soportar otros más atrasados como Dinamarca o Finlandia, donde se pagan ocho euros por una caña. De modo que mientras los suecos o los ingleses se aburren, nosotros nos dedicamos a labrar un futuro de preparación deficiente y sueldos bajos.
Pero es lo que hay, y estas líneas no lo van a cambiar. Lo asombroso no es eso, que ya está interiorizado, sino que pubs, bares y cafés estén ¡debajo de las viviendas! Insólito. Usted vive en, por ejemplo, un segundo, y abajo tiene un local que cierra a las tantas y no siempre frecuentado por buenos ciudadanos que cuando salen no hacen ruido para no molestarle porque saben que mañana tiene que trabajar.
En ningún país serio del mundo pasa eso. En algunos casos hay, encima, despachos u oficinas, pero lo normal es que estén en edificios aislados. Aquí eso da igual, porque lo importante es el ocio, no que usted, que en el fondo no es más que un currante, tenga que levantarse unas horas después e intentar producir al mismo nivel que producen en esos países donde no saben disfrutar de la vida.