AVErración

Ignacio Carballo González
Ignacio Carballo LA SEMANA POR DELANTE

SANTIAGO

Cubierta de la estación de tren de Santiago, esta mañana
Cubierta de la estación de tren de Santiago, esta mañana Xoán A. Soler

Me pregunto qué pensarán quienes nos visitan, miles y miles de personas que llegan estos días a nuestra ciudad y se van de ella en tren. Qué pensarán de una ciudad que permite que se les maltrate, a ellos y a la multitud de usuarios habituales de una estación de ferrocarril aparentemente nuevísima pero que no da los mínimos de lo que debería ser una instalación moderna, por insuficiente en las dimensiones de su terminal de viajeros e incómoda en la dotación de servicios. Es la consecuencia de la mala gestación del proyecto hace ya más de tres lustros, cuando quienes gobernaban en el Concello metieron baza de mala manera para cambiar el rumbo que había marcado el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF), y quienes les sucedieron no supieron, no pudieron o no quisieron reconducirlo y dejaron hacer un estropicio que a día de hoy avanza sin que nadie diga basta, hasta el punto de permitir, incluso, que se ponga en solfa una seña esencial de la identidad de Santiago como es el cuidado de sus valores patrimoniales. La realidad es que tenemos una estación de tren impropia de su importancia, por el número de viajeros que cada año pasan por ella —cuatro millones largos—, la primera de Galicia y con margen para seguir creciendo. Tenemos una estación Frankenstein a la que se le van añadiendo piezas en torno a una terminal minimizada, desbordada cuando coincide el flujo de viajeros de apenas dos trenes. Con un área de aparcamiento tercermundista donde hay dos cajeros automáticos ante los que, para pagar, hay que perder tiempo casi equivalente a un trayecto en tren Santiago-Ourense y con un sufrido operario (cuando está) suplicando a viva voz que quien tenga efectivo pase por su caja manual, para aligerar. En espera de lo que nos pueda deparar la próxima construcción del párking en la zona del talud, la última aberración es la cubierta en la amplia zona entre la gran escalinata de piedra y el edificio de la antigua terminal, del que, a vista de pájaro desde O Hórreo, solo asoma la parte superior de la fachada a partir de la terraza. Se intentó una cubierta ligera, transparente en partes, pero el resultado es una colmatación que cuestiona la gestión del patrimonio histórico de la ciudad. Y lo que es peor, en una obra pública. ¿Se permitiría algo así en una privada?