La embajadora de Ucrania, nación amiga, ha estado en Compostela. Tras haber conocido a dos docenas de embajadores, puedo afirmar que su sencillez no tiene parangón. Como todos los diplomáticos, es una persona sonriente, amable, sabe escuchar y mide mucho sus palabras. Diríamos, en el mejor de los sentidos, astuta, porque si no lo fuera tendría que dedicarse a otra cosa, y máxime representando a un país agredido y estando en otro país que social y políticamente se manifiesta contra el agresor. En este capítulo es para estar orgulloso tanto del último ciudadano de esta comarca como del presidente Pedro Sánchez.
La reunión en la que estuvo quien esto escribe se centró en el Camino de Santiago. Resulta que la Xunta, también ejemplar en este caso, apoya la promoción de la ruta jacobea en ese Estado que tanto ejemplo da al mundo al resistir a un abusón de colegio dotado de armas atómicas. Lo de la Xunta es algo simbólico, pero la vida también se compone de símbolos. Ucrania quiere unirse a Europa —voces sabias sabrán cómo va eso— y Europa quiere decir, también, el Camino.
No tuvo mucha repercusión la visita de la embajadora, cierto. Para ella seguro que es importante buscar apoyos uno a uno, allá no tienen el futuro fácil aunque sí optimista. Pero ese futuro hay que prepararlo ya, dado por hecho que Rusia nunca ganará esa guerra. Santiago debe estar en ese futuro, y de ahí el valor del viaje.
Posdata: veo la bandera palestina en Raxoi. Enhorabuena por ese apoyo que comparto, pero va siendo el momento de que la alcaldesa y su partido demuestren que están por la paz, y eso solo es creíble haciendo ondear también la bandera ucraniana. ¿A qué está esperando después de tres años?