Conocí a Filomena Fraga en 1976, cuando cogí la dirección del Colegio Familiar Rural «Dubra», de Negreira. Me habían advertido de que era mejor llevarse bien con ella porque tendría delante a una batalladora infatigable. Por supuesto, no era feminista al uso actual —por suerte—, sino una luchadora por la mejora de sus condiciones de vida y, por lo tanto, de las mujeres también. De orígenes humildísimos, jamás se rindió ante las adversidades, y soy testigo de que las tuvo, alguna de ellas de esas que no se desean absolutamente a nadie. Y siguió sin rendirse.
Nos entendimos muy bien desde el principio, lo cual no excluye que coincidiéramos en todo, claro está. Después cada uno siguió su vida, ella en Ames y yo por el mundo adelante. Nos reencontramos, nonagenaria, en un acto cultural en Negreira hace pocos años.
Como a estas alturas mucha gente sabe, Filomena escribió un libro que fue reeditado en el 2006 por su Concello, y por ello se la conoce como la poeta de Ames (lo siento, pero yo sigo llamándola poetisa, que es puro español; lo otro me suena mal, no vaya a ser que un hombre diga un día que es poeto). Se trata de un caso quizás único en la comarca, y desde luego ejemplar, pero no define su biografía.
Porque la vida de Filomena, que se manifestó en contra de un impuesto que intentó implantar el tardofranquismo llamado cuota empresarial agraria, que asistió a una asamblea en Salamanca donde se defendió el derecho de todos los niños del rural español a tener una educación, no se resume en un solo libro: fue trabajar, luchar, trabajar, luchar y vuelta a empezar.
Si algo se merece Filomena Fraga, que cumplió la semana pasada un siglo de vida, es ante todo respeto.