Él heredó la óptica más antigua de Compostela y deja allí su propia impronta

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

Fernando Eiroa, en Óptica Galerías, con un par de modelos de la nueva colección de Imponta, hechos exclusivamente con madera y sin engranajes metálicos.
Fernando Eiroa, en Óptica Galerías, con un par de modelos de la nueva colección de Imponta, hechos exclusivamente con madera y sin engranajes metálicos. SANDRA ALONSO

Fernando Eiroa fabrica él mismo de forma artesanal en Boqueixón sus gafas de madera, que han llegado hasta muchos países de Europa

01 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

A sus 67 años, Fernando Eiroa dice que está «a punto» de jubilarse. El coruñés es el dueño de la decana de las ópticas en Santiago, un negocio familiar fundado por su padre que cumple este 2026 las seis décadas. Eduardo Eiroa abrió Óptica Galerías en 1966. «Tuvimos varios emplazamientos. Mi padre empezó en las galerías comerciales de Viacambre, que en su día fueron muy famosas. Después nos pasamos al bajo del casco histórico donde seguimos hoy, en la rúa das Orfas. Entonces estábamos nosotros, La Gafa de Oro, Bescansa, Losa y pocas más. Pasamos de ser cuatro o cinco a, ahora, cuarenta», relata un hombre que no se conformó con vivir de lo heredado sino que quiso dejar su propia impronta (una palabra que utilizaba mucho su padre, con la que bautizó la marca de gafas de madera que él mismo fabrica artesanalmente).

«Yo comencé a trabajar en el negocio familiar en A Coruña, luego estuve en otra óptica en Valladolid y en el 82 pasé a dirigir esta tienda en Santiago, de la que acabé siendo propietario. Cuando cumplía 40 años en ella, se me ocurrió dejar algo mío, una visión particular, con la experiencia que fui ganando a lo largo de este tiempo. Se me ocurrió usar la madera, como material noble que es, para hacer una colección de monturas con diseños diferentes. Monté un taller en el sótano de mi casa, en Boqueixón. Empecé sin muchas pretensiones, a ver hasta dónde llegaba. Y, a base de éxitos y errores, fui dando con la fórmula con cierta habilidad innata y de forma autodidacta. Hoy cuentas con muchos medios y tutoriales en internet para aclarar las dudas. Me fijé mucho en los profesionales que hacen excelencia y en la fabricación japonesa, donde son únicos con la madera y hacen un trabajo increíble», relata.

La primera colección de Impronta que lanzó contaba con una docena de modelos (tanto para gafas graduadas como de sol) y se presentó con un desfile del que muchos aún se acuerdan, para el que tuvo la colaboración de personas de su entorno. «Sinceramente, no me esperaba semejante aceptación. Fue un éxito inesperado y no era un producto barato porque esta manufactura lleva su tiempo», aclara su autor, quien ha ido puliendo los diseños hasta eliminar los herrajes metálicos y conseguir modelos hechos exclusivamente en madera — engranajes incluidos, con la complicación que conlleva—.

Llegó un momento en el que «iba vendiendo las gafas al mismo tiempo que las iba haciendo», reconoce un hombre que recuerda ver de niño a su padre entre bombos de pulido y limas fabricando también gafas, pues fue diseñador y a la vez director de una fábrica coruñesa (Parmur), con unos ochenta empleados a su cargo. Ahora Fernando se zambulle por las tardes en sus bocetos y se rodea de sus herramientas de corte y marquetería. A veces, se levanta muy temprano para avanzar en este trabajo, antes de abrir la tienda por la mañana. Impronta va por su segunda colección y «hay gafas mías en varios países: noruegos, daneses, portugueses, franceses, italianos... además de españoles de todas partes del territorio», destaca sobre una marca «hecha con alma», que lleva el sobrenombre de soulglasses, donde «mejorar el producto al máximo está por encima de la cantidad que saque... eso las hace especiales».