El último Paradiso

Manolo Fraga

SANTIAGO

16 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El café es como el agua. Si el líquido elemento es fuente de vida, la estimulante bebida es alimento emocional. La cafetería Paradiso, fundada en 1976 por el cubano y organizada sobre una barra-vagón, llegó a su destino. La familia de Agustín Ares ha decidido poner punto final tras haberse hecho cargo, en 1991, del establecimiento de la Rúa do Vilar situado a escasos metros de la anterior sede de esta cabecera y Radio Voz. Enseguida el local fue colonizado por los periodistas y profesionales de la Casa, los añorados Nacho Mirás, José Luis Alvite, Luis Cristobo o Francisco Otero, entre ellos. Pero en la explosión del decenio jacobeo, peregrinos de todas partes se adueñaron de sus mesas provocando nuevos horarios de cocina, muy apreciada por sus platos tradicionales de elaboración casera. El pulpo convivía con los cafés y con el chocolate con churros, que de todo había y a un precio razonable. La primera mesa era redonda y favorecía la charla para media docena de personas. Y cuando el papel prensa empezó a caer, allí podías leer los diarios locales y alguno nacional. Un lujo que ya solo apreciamos los veteranos. Los intensos verdes, los decorativos espejos, los botellines de licores, los objetos alusivos al Camino de Santiago, las radios antiguas, el reloj de pared, la barra baja, otorgaban al bar un añejo aire europeo tras acceder a él por un pasillo-túnel desde la calle. Pero del Paradiso lo que más me gustaba era su ambiente cosmopolita, un lugar de saludable roce entre el vecindario y turistas o peregrinos. Cuántas veces los he visto despedirse de Agustín como si fuese un apóstol hostelero, anunciándole que mañana volverían o, quizá, el año que viene. Pero aquel rapaz que había empezado en la Churrería Compostela, hoy Fogar do Santiso, cuelga la bata.

Menos mal que en la misma rúa quedan cafés-tertulia como el Bar Suso, el Airas Nunes o el Café Casino, cada uno con sus singularidades. Pero el cierre o reconversión de ambientes clásicos nos enfrenta al demoledor paso del tiempo. El Azul o el Derby fueron otros cafés donde bullían la conversación y los encuentros. La mesa de Miguel Cancio en el Azul o del viejo Cambón en el Derby eran señas de identidad compostelana, donde convivíamos tirios y troyanos, héroes y villanos, ricos y pobres. No hay tardeo que supere la honda dimensión social de las cafeterías.