La arousana María Feijoo se reinventó laboralmente en Compostela con casi 60 años
14 ene 2026 . Actualizado a las 18:44 h.De padre sastre y madre costurera, a María Feijoo siempre le gustó el trabajo con las manos. Sin embargo, nació en una época en la que «vivir del arte era una fantasía», y más siendo mujer, indica una arousana de porte elegante y discurso ameno que lleva media vida en Santiago (más de tres décadas y tiene 64). Se formó como administrativa y ejerció de ello durante toda su carrera profesional. Cuando nacieron sus hijos se despertó en ella la artista que siempre llevó dentro. Hoy tiene un taller propio en Conxo y es conocida por haber convertido la seda en su principal medio de expresión artística.
«Empecé a pintar con más frecuencia después de ser madre, hace ya 30 años, como un pasatiempo y porque antes no había tanta oferta lúdica como ahora para los niños. Lo de conciliar era una utopía un poco caótica. Yo nunca dejé de trabajar y me escapaba al trastero a pintar con ellos. Era nuestro juego y utilizábamos lo que teníamos a mano: papeles, pinturas, telas, cartón... No sé en qué momento descubrí la seda o vino a mi cabeza usarla como lienzo. Recuerdo ver a mi madre con pañuelos de seda y siempre me gustaron. Me parecía que pintar sobre este material tenía mucho romanticismo y, hará unos 12 o 15 años, me puse a investigar sobre ello en mis ratos libres», relata una artista que comenzó de forma autodidacta y pronto se embarcó en viajes para hacer cursos, mejorar su técnica y sus creaciones en seda.
Sus obras no siguen modas, son piezas atemporales y únicas, sin derecho ni revés, inspiradas en el aquí y el ahora, «con lo que me surge en cada momento, lo que se ha convertido para mí casi en una terapia», afirma. Son resultado de la casualidad y la libertad, una palabra que ella pronuncia con una sonrisa en la boca, rodeada por un evocador rastro de gotitas de colores sobre el cartón que cubre el suelo. Conocer la marca Artesanía de Galicia y a otros profesionales del gremio le dio la valentía para salir a la calle y empezar a mostrar sus diseños resguardada bajo este paraguas, «con toda la fragilidad» e incertidumbre sobre el valor de lo que hacía.
Empezó a darse en Mostrart, una de las ferias de artesanía de referencia que se celebra anualmente en A Coruña. En el 2021 la invitaron a participar durante todo el mes en ella y ahí dio el salto definitivo y se reinventó laboralmente, recuerda: «Hablé con mi familia, dejé mi trabajo de administrativa y me di de alta como autónoma». Hoy no se arrepiente, aunque para llegar hasta aquí tuvo que tener la estabilidad económica necesaria, superar cierto síndrome del impostor y su pudor a plantarse frente al público con sus creaciones. «Estoy feliz, porque soy la dueña de mi tiempo y me gano la vida haciendo lo que más me gusta», dice.
Antes de abrir su taller en la rúa José Ángel Valente tuvo otro en la Praza de Vigo que compartía con un asesor, quien en la pandemia decidió prescindir de este espacio y ella buscó uno propio, que se ajustara a su presupuesto y en el mismo barrio en el cual reside. Al principio trabajaba a puerta cerrada, pero ahora «he perdido la vergüenza de la exposición», constata María, que tiene una parte de taller y otra de tienda abierta al público donde muestra su obra en seda, en algodón y lienzos.
Ella trabaja la seda con pincel y acuarelas, y remata el trabajo con un delicado proceso de fijación del color con vapor: «Son de 6 a 8 horas con una temperatura determinada constante, para que la pintura penetre en el tejido y se quede en él como un tatuaje, de forma que puedes lavarlo y darle un uso normal sin miedo a que se borre». «La seda me da mucha cancha y la disfruto un montón. A partir de la seda pintada también confecciono complementos como pendientes, collares, anillos... me encanta la bisutería y este material hace que sea especialmente ligera, nada pesada», añade.
Destaca María que participar en Mostrarte le abrió muchas puertas y «fui creciendo poco a poco, gracias al boca a boca». Le gusta la idea de que cada pieza suya es única e irrepetible, lo que le imprime un valor extra «en un mercado en el que todo está muy repetido». Aunque tiene muchos clientes gallegos, sus obras han llegado a distintos rincones de España en sus distintos formatos. Además, hace encargos personalizados: «Hay un instituto en Ponte Candelas que cada vez que se jubila una profesora me encarga un pañuelo. Tienen como símbolo del centro un petroglifo y yo siempre lo represento y le añado un toque de color distinto para cada persona, siempre hay un margen que me deja jugar y ser libre». Además, «aunque los hombres parece que pasan más de largo cuando se trabaja con seda, ahora tengo un cliente específicamente masculino, que son los novios. En vez de llevar la típica pajarita en su boda se atan una pañoleta de seda pintada expresamente para él y luego se la suelen regalar a su madre o incluso la enmarcan», detalla María, a la que su arte la ha llevado a colarse en uno de los momentos más especiales de la vida de otras personas.