Policías

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

24 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

No sé si estar en un caseto controlando los pasaportes de quienes salen del país es bueno o malo para el par de policías que se dedican a eso. No sé si sortean a ver a quién le toca o si es por méritos o deméritos propios. Allí pasan meses trabajando y uno, que sale a menudo, ya los saluda diciendo «acabaremos siendo amigos de tanto vernos».

No sé, repito, si esos funcionarios armados han sido los primeros de su promoción o los últimos. De lo que sí puedo dar fe es del excelente carácter de todos los destinados en Lavacolla. Son profesionales que no generan tensión —salvo al delincuente, claro— sino al contrario, y tanto desean buen viaje con una sonrisa a la señora que puede ser su madre como se detienen unos segundos ante el niño que acaba de preguntarles por sus pistolas porque «yo quiero ser policía». Verídico.

Ahora han colocado unas pequeñas torres que leen el pasaporte, identifican la cara del viajero y, si no hay problema, abren una puerta y dejan pasar. Aún no están bien calibradas, y al menos hace unos días la pantalla se hallaba muy alta y había que ponerse de puntillas o al menos estirar el cuello. Un agente, todo bonhomía, pedía disculpas con otra sonrisa.

La broma era que cuando funcionen bien esas torres los uniformados se irán al paro. Obviamente no, por desgracia siguen siendo imprescindibles, pero era un atisbo jocoso de lo que se viene encima con la inteligencia artificial —ahora sí en el mal sentido— cuando torres, drones, cámaras en las calles (sí, también en Santiago) y en edificios controlen cada paso que damos. Estremecedor, y lo saben bien los chinos y los rusos. Y en Irán o Turquía menos porque están menos desarrollados, pero todo se andará.